¡Allá voy!
Ya sabéis, mi formación en Política Social es nula. Se me ha ocurrido comentar algún concepto utópico que me ronda la cabeza. Así que, hoy más que nunca, aceptaré las críticas y opiniones de los que sois más sabios.
Sé que, por algunos, es compartida la idea de que más personas dispondríamos de trabajo si nos propusiéramos, todos, ser menos angustias y trabajar un poco menos, con jornadas reducidas la carga para cada individuo disminuye y mayor número de personas tendrían derecho a un sueldo, aunque sea disminuido. Claro, ganar menos nos supondría menor capacidad para seguir subidos en este carro de cacareado consumismo… pero ya que estamos comprobando en nuestras propias carnes que este sistema, de esta manera, no se sostiene y hace aguas por todas partes ¿Nos bajamos?
Por otra parte esto nos obligaría a tener que compartir responsabilidades, a tener que confiar en el compañero del anterior o siguiente turno, a tener que hablar y consensuar ideas…vaya… ¿Se nos ha olvidado? ¿Cómo se trabajaba en equipo? ¿Cómo se pasan los testigos en los relevos? ¿Una utopía?… Puede.
Por supuesto que también desearía que el sistema de trabajo actual se amoldara, de una vez, a la mujer y a su labor maternal, como en otros tiempos mejores ha sido: los bebés con sus mamás, allá a donde ellas vayan. Me cuesta creer que hayan pisado la Luna, pero que ningún brillante ingeniero haya inventado la manera de organizar determinados puestos de trabajo donde la madre, que lo desee, y su bebé pudieran estar, ergonómicamente funcionando y fisiológicamente acoplados, arropados con algún “trapito” y su nudo, por ejemplo.
Pienso, también, que ahorraríamos mucha energía compartiendo con otras personas afines nuestros lugares de residencia, tiempo y funciones domésticas… creando pequeñas o grandes comunidades evocando una forma de vida más tribal, más aldeana. Unos cocinarían para todos, otros cuidarían de los niños, otros de los ancianos, otros de los animales, otros de los cultivos, otros encenderían la hoguera, otros barrerían…otros se irían al cine o de cena…y si no pudieran llevar con ellos a sus bebes alguien probablemente les tranquilizaría: -“No te apures, que si te retrasas y llora, ya le doy la teta y duermo con él hasta que vuelvas“- ;)
Os va a parecer una locura pero flota en el mar de mi cabeza un esbozo de proyecto… Supongo que la semilla quedó sembrada cuando entré por primera vez en la cocina de Rosa, en su Granja Piedra, y allí me encontré con un gran espacio compartido, con un fuego bajo, con fogones para cocinar y una enorme mesa de madera en el mismo centro de la amplia estancia, sobre la que rodaban verduras recién traídas del huerto, con su barro pegado y sus bichos corriendo por allí, mientras la Abuela las limpiaba y seleccionaba. Me senté allí, compartiendo el tablero, porque me ofreció un café, a charlar. Quedó a mi espalda alguien que, junto a una venta, arreglaba el mimbre de una silla de madera. Allí cabíamos todos, cada cual desarrollando su función a la vez que entraban y salían de la conversación… pensé... esto es vivir, esto es vivir de verdad, cada minuto… esto es vivir y no el trabajar aburridamente esperando siempre a cuando te darán las vacaciones para, por fin, poder huir, buscando una supuesta diversión que siempre nos parece durar poco, y en los peores de los casos se queda en un espejismo de felicidad que no llegamos a alcanzar…
El proyecto os puede sonar totalmente divagante pero os lo voy a ir contando, no sé por donde empezar porque, además, está irremediablemente asociado a ciertas personas concretas, que creo reunirían las condiciones para poder convivir de esta manera.
Tengo hasta a un terreno echado el ojo…:D.
Y aunque últimamente casi no tengo tiempo de hablar con Jordi de lo importante… cada día redescubro que realmente somos almas gemelas que anhelamos los mismos sueños, no quisiera resultar cursi, pero tengo claro que no podría haber elegido a nadie mejor para recorrer el camino que tenemos por delante, con sus luminosos miradores o sus incordios de pedrusco.
Ya vuelvo…es una finca arbolada (en un paraje donde realmente escasean los árboles) bien comunicada (que aislarse no es el fin), donde se podría tener algo de ganado, talleres y una huerta ejemplar, envidia de los hortelanos vecinos que sin duda nos vendrían, curiosos, a visitar :)
Este proyecto sería aplicable a cualquier grupo humano porque, en realidad, lo que NO estamos es: Preparados para sobrevivir solos. Cada cual debería encontrar a sus compañeros más afines… Como cuando íbamos eligiendo de la pandilla para hacer los equipos…yo me atrevería con:
Jorge Pérez y Sandra, porque con Jorge, muchas veces, hemos hablado de cierto proyecto ganadero…y a pesar de lo distendido, los dos sabemos que, en el fondo, hablamos en serio. Más él, por ser más racional, que yo.
Esther y Dani, por ser descaradamente del mismo talante campestre que nosotros. Lo que pasa es que los kilómetros, en este caso, son una barrera comprensiblemente infranqueable. Siempre queda la posibilidad de emigrar los demás para allá. Sólo por oírle cantar merecería, sobradamente, el desplazamiento.
Juande y Paqui, por su innumerablemente demostrada capacidad de adaptación, porque bajo su, inofensiva, apariencia urbanita deben de tener un corazón más de campo que las amapolas. Además Juande podría trabajar desde casa…y Paqui si añora a su actual empresa tiene una sucursal relativamente cerca y no teniendo que ser en Madrid…eso sí…ya no te libras de aprender a conducir.
Bibi y Arantxa…por poseer la misma calidad adaptativa, por ser un ejemplo de padres a seguir, porque nos aportarían una buena dosis de espiritualidad, porque además de atender como nadie a sus tres retoños, siempre son capaces de sacar un rato para escuchar, para cuidarnos, para untarnos crema si nos embobamos mirando el mar y no nos queme el sol. Es verdad que nos vemos demasiado poco, cada minuto a vuestro lado es un regalo, una ocasión para aprender. Y además, con los niños que vamos a juntar, podemos formar una escuelita: necesitaremos buenos profes. Voto por un método tipo "Montessori" (http://entribu.wordpress.com/2010/06/11/la-creacion-de-una-escuela-alternativa-el-dia-a-dia-montessoriano-entrevista-a-una-madre/)
Caro y Fran, por representar claramente a esas personas que apoyan al grupo, que entienden otra forma de vida que no es la individual. Porque necesité permanecer muy poco tiempo a su lado, para darme cuenta de que a lo último que se dedican es a mirarse su propio ombligo.
Sonieta y Carlos, porque con Sonieta también he tenido horas de inventar sueños, porque siempre se necesita a alguien que lleve bien las cuentas. Y Carlos lo mismo consigue una licencia en una ciudad más cercana y sino… puede quedarse con los chicos… que ha resultado ser todo un padrazo.
Cristi y Coque, sin comentarios. Aunque su casa es tan preciosa y su forma de vivir tan armónica (suficientemente cerca, en la distancia y el trato, de familia y amigos)…que ellos ya pueden constituir su tribu allí donde están.
Son más los amigos que me faltarían, no me gustaría olvidarme de ninguno que estuviera conforme con semejante proyecto. Conscientemente, no es que me haya olvidado, faltan algunos con los que, precisamente, más hablo, a los que más achucho, de a los que más amo. Pero a algunos no os incluyo, sobre todo, por imaginaros de carácter urbano, urbanos de corazón. Es distinto que uno disfrute de lo rural el ratillo, que querer y poder vivir en y de ello, con sus calores, solanas, vientos, fríos, barros, cacas y OLORES. De todos modos, tengo claro que habrá sitio para todos, que las visitas de las personas queridas son un pilar básico de mi forma de vivir y a eso (mas teniendo ampliado el sitio) no puedo renunciar. De todos modos, si entre los no mencionados se me ha escapado alguno que tenga su parte a aportar, ya sabéis donde localizarme.
Sumemos a los niños, mascotas y, por supuesto, a nuestros mayores, de los que cuidaremos sin medida (o más bien ellos cuidarían de nosotros), de los que aprenderemos cada día lo más importante de la vida: Que vivir es compartir la materia, el espacio y el tiempo con los seres queridos. No debe importar tanto el momento ni el lugar. Cada día puede ser especial. Tampoco una fiesta, no os ilusionéis, ya sabéis que no soy la alegría de la huerta. Pero creo haber sido diseñada más para trabajar en grupo, solidariamente, que para trabajar bajo la imposición de la competitividad, que parece que es lo que más se valora ahora, desde hace ya tiempo. Yo, definitivamente, me bajo en la siguiente ¿Y tú?
Por y para mis amigos. Para los que me quisieron, los que me quieren y los que algún día puede que me lleguen a querer.
Para bien o para mal, por distintas circunstancias, en esta vida me ha tocado algún que otro peregrinar. Ello ha conllevado el tener que despedir, recibir, conocer gente... algunas de estas personas me han concedido el privilegio de considerarse mis amigos... y muchos, aún hoy, siguen siéndolo.
Gracias por estar ahí.
Gracias por estar ahí.
domingo, 7 de noviembre de 2010
sábado, 23 de octubre de 2010
Recogida de firmas.
Caro me ha pasado esta recogida de firmas y me he encontrado con un escrito que me ha parecido realmente bueno, resumen redactado para todos los públicos, que merece se leído, aprovecho para divulgar.
No dejéis de leerlo y firmar:
http://www.peticionpublica.es/?pi=madrelac
Gracias.
No dejéis de leerlo y firmar:
http://www.peticionpublica.es/?pi=madrelac
Gracias.
martes, 19 de octubre de 2010
Padres en la guardería.
Hace ya unos días, pero no he tenido el rato de comentarlo, tuvo lugar la primera reunión de padres sobre el nuevo curso en la guardería. Luisa ya es veterana, ella entró el curso pasado cuando tenía nueve meses. Pero en la reunión estábamos mezclados padres (digo… madres) de los tres cursos, y estaban, claro, madres que tenían justo en esos días a sus bebés en el periodo de adaptación.
Tuve que escuchar (de nuevo) todos los “beneficios” de la escolarización temprana, que no voy a repetir porque ya los conocéis (y, además, no comparto la opinión), ya no replico (y menos en público, que me da mucha vergüenza), cada cual llevará a su hijo a la guardería por su propia necesidad y además entiendo que el personal del centro quiera “vender” lo mejor posible su “producto”.
No quiero, ni de lejos, insinuar que yo piense que no realizan bien y correctamente su trabajo, porque es todo lo contrario, las considero grandes profesionales que cumplen con pulcritud e ilusión sus tareas e incluso, desinteresadamente, han tenido que socorrerme en una de mis alejandradas más sonadas (que ya os contaré).
Lo que pasa es que el ritmo, las formas y las normas allí son un tanto de cuartelillo (como dice mi madre, ella hay cosas que nunca entenderá porque ella es todo amor), los padres de los niños matriculados sólo somos invitados a participar en actos muy puntuales y programados. No nos dejan compartir, por ejemplo, el periodo de adaptación con los pequeños que estrenan su estancia en el centro.
Por eso mismo, en esta primera reunión, explicaron que la adaptación de los nuevos, este año, estaba resultando muy exitosa, con muy pocos llantos, alguno si, claro, es “normal”, pero también consideraron que “es sano que lloren un poquito”, bueeeeno…seguimos sin objetar, a ver …tampoco era el momento ni el lugar.
Cuando realmente me quedé boca fue cuando, cariñosamente, preguntaron a los allí reunidos -“¿Y los papis? ¿Cómo llevan el periodo de adaptación los papis?”-
Supongo que cualquiera, como yo hice, hubiera interpretado entre líneas: “Ya sabemos que estar lejos de vuestros hijos cuando sabéis que ellos están sufriendo, precisamente, por esa separación es duro ¿Qué tal lleváis la espera hasta que os los devolvemos?
Esperé oír un puesmuymal generalizado, casi a coro.
Pero en su lugar, precedido de un mínimo espacio de silencio, una madre contestó (no sé si las demás se sintieron identificadas, espero que no): “Pues estupendamente…sin los niños en casa…”
Jope…me dejó de piedra, en que pocas palabras se puede resumir, nuestro propio disgusto, el que involuntariamente inculcamos a nuestros pequeños hijos. Lo mismo sólo fue un desacertado intento de ser graciosa, para romper el hielo. Pero en el fondo… ¡Qué tristeza!
Tuve que escuchar (de nuevo) todos los “beneficios” de la escolarización temprana, que no voy a repetir porque ya los conocéis (y, además, no comparto la opinión), ya no replico (y menos en público, que me da mucha vergüenza), cada cual llevará a su hijo a la guardería por su propia necesidad y además entiendo que el personal del centro quiera “vender” lo mejor posible su “producto”.
No quiero, ni de lejos, insinuar que yo piense que no realizan bien y correctamente su trabajo, porque es todo lo contrario, las considero grandes profesionales que cumplen con pulcritud e ilusión sus tareas e incluso, desinteresadamente, han tenido que socorrerme en una de mis alejandradas más sonadas (que ya os contaré).
Lo que pasa es que el ritmo, las formas y las normas allí son un tanto de cuartelillo (como dice mi madre, ella hay cosas que nunca entenderá porque ella es todo amor), los padres de los niños matriculados sólo somos invitados a participar en actos muy puntuales y programados. No nos dejan compartir, por ejemplo, el periodo de adaptación con los pequeños que estrenan su estancia en el centro.
Por eso mismo, en esta primera reunión, explicaron que la adaptación de los nuevos, este año, estaba resultando muy exitosa, con muy pocos llantos, alguno si, claro, es “normal”, pero también consideraron que “es sano que lloren un poquito”, bueeeeno…seguimos sin objetar, a ver …tampoco era el momento ni el lugar.
Cuando realmente me quedé boca fue cuando, cariñosamente, preguntaron a los allí reunidos -“¿Y los papis? ¿Cómo llevan el periodo de adaptación los papis?”-
Supongo que cualquiera, como yo hice, hubiera interpretado entre líneas: “Ya sabemos que estar lejos de vuestros hijos cuando sabéis que ellos están sufriendo, precisamente, por esa separación es duro ¿Qué tal lleváis la espera hasta que os los devolvemos?
Esperé oír un puesmuymal generalizado, casi a coro.
Pero en su lugar, precedido de un mínimo espacio de silencio, una madre contestó (no sé si las demás se sintieron identificadas, espero que no): “Pues estupendamente…sin los niños en casa…”
Jope…me dejó de piedra, en que pocas palabras se puede resumir, nuestro propio disgusto, el que involuntariamente inculcamos a nuestros pequeños hijos. Lo mismo sólo fue un desacertado intento de ser graciosa, para romper el hielo. Pero en el fondo… ¡Qué tristeza!
sábado, 16 de octubre de 2010
CON LA MIRADA DE UN NIÑO.
Traigo un artículo desde el blog de Ana (http://creciendocondavid.blogspot.com) porque, aunque está escrito pensando sobre todo en niños de la primera infancia, al leerlo no he podido parar de pensar en mi hija mayor, que acaba de cumplir 6 años. Es indudable que le exijo “demasiado”, porque mi paciencia es muy finita, porque ahora sigo más el biorritmo del Coco-Rayo y Julia va más a remolque. Como mejor puede, inmersa en sus fantasías, ella misma me lo aclaró el jueves: Metidas las dos en la bañera, le expliqué a Julia que no les lavaría la cabeza a ninguna, que íbamos mal de tiempo, ella quiso “lavar” su camiseta interior (que me lo pide muchas veces, tan inofensivo pero “salpicante” entretenimiento le hace mucha ilusión y esa noche accedí). Estaba sacando a la Peque primero (como hago siempre), cuando Julia le plantó por sombrero la camiseta chorreante y llena de jabón y la Enana, para colmo, se emociona, carcajea y deja caer la cabeza en el agua y se empapa todo en flequillo… pues nada a lavarle el pelo… y se apoderó de mí la mala leche… y acabé con discursito y cara de ajo.
– Perdona Mamá, es que me gusta mucho jugar y a veces no me doy cuenta y me equivoco…- me contestó realmente compungida.
Menos mal que no me importa reconocer lo mío también.
– Ya lo sé, Cariño – le hablé por fin más dulcemente, mientras le daba el abrazo que más necesitaba yo que ella.
Seguí -Perdóname tú, ya no te regañaré tanto cuando las cosas no sean tan importantes-
Pero es que ahora todo me supone mucho esfuerzo, porque las dos me demandan su tiempo (y siempre intento concedérselo), porque la entropía puede conmigo y domina mi casa y mi vida (y a veces, aunque me es muy familiar la puñetera, me llega a incomodar), porque tengo mil cosas en la cabeza, porque quisiera poder leer y escribir todos los días y tampoco puedo, porque tardamos mil horas en hacer los dichosos deberes y me falta tiempo para jugar , para pasear con Chusta y Ratu, para cocinar, para atender a los amigos como me gustaría…
Admiro mucho a esas personas que sacan tiempo de no sé donde, que se saben “organizar” mejor. Debería dejar de luchar contra mí misma (aceptarme y verme lo positivo) y sobre todo dejar de luchar “contra” mi niña, que todavía es pequeña y además es un sol. Que me pongo en su pellejo y noto muy pocas diferencias con su forma de pensar y la mía a su edad (con sus dicotomías, sus miedos, sus indecisiones, sus amistades, sus pocas ganas de cole, su querer a los animales…sólo que, como ya dije, nunca fui “destronada” y en el caso de “encajar” una hermana menor, soy personalmente inexperta). No soy distinta a ella, y ella no es distinta a mí, cada día, varias veces, me sorprende, parece que es capaz de ver lo que tengo en la cabeza y se adelanta a sacarlo, a decirlo con sus propias palabras que, sorprendentemente, se diferencian poco de las que yo misma emplearía.
Y la verdad, la cuestión expresada en este artículo no es nueva para mí, la verdad es que es algo que siempre intento aplicar (ponerme en su lugar, recordar (en lo que puedo) mi propia infancia, respetar al prójimo) y, aún siendo, como dice Ana, un poco largo, resulta un resumen muy bueno de mi pensar y espero que me ayude a retomar el buen camino. Que cuando son bebés me resulta fácil… van creciendo y les vamos exigiendo cada vez más, sin darnos cuenta de que lo que necesitan es más amor y comprensión que nunca.
Me lo voy a aplicar, me lo voy a auto imponer, cultivaré mi paciencia… que tú con terminar tus fichas ya tienes bastante trabajo como para tener, también, que aguantar el agotamiento de mamá.
Y si os parece que ya habéis leído demasiado… aquí tenéis para otro ratillo. Leerlo con atención, tiene frases muy buenas para meditar. Gracias Ana, por compartir.
Artículo de Yolanda Gonzalez publicado en la revista Mente Sana.
CON LA MIRADA DE UN NIÑO. EDUCAR DESDE EL CORAZÓN.
"Mirar a un bebé suele despertar en el adulto sentimientos de ternura y protección. Contemplar cómo ríen y se mueven los pequeños es un espectáculo único que muestra las ricas potencialidades que encierran desde el primer despertar a la vida. La infancia es el mayor tesoro que posee la humanidad. Y, sin embargo, la interacción del adulto con cada niño puede favorecer o interferir en su desarrollo óptimo y saludable en función de muchos factores interdependientes.
Como sabemos, a lo largo de la historia han ido variando los modelos educativos y la forma de interacción con la primera infancia. Desde los más estrictos modelos autoritarios hasta los más permisivos, hay un gran abanico de variedades educativas que coexisten en nuestra sociedad actual. Pero más allá de las modas y los manuales educativos, necesitamos tener criterios coherentes y saludables para interaccionar con la primera infancia.
Necesitamos crear un puente de conexión entre el mundo adulto y el infantil que supere la visión tradicional del modelo adulto "yo sé, tú no sabes" y sustituirlo por el sano e infrecuente ejercicio de la empatía. Necesitamos observar y sentir a los más pequeños, sin prejuicios educativos, cambiando nuestra mirada para crear vínculos seguros y saludables. Efectivamente, el factor esencial durante la crianza y la educación es nuestra mirada, es decir, cómo interactuamos y el lugar desde el que nos relacionamos con ellos. Metafóricamente, podríamos mencionar dos tipos de mirada: la vertical y la horizontal.
En la mirada vertical, la más habitual, el adulto dirige desde arriba los pasos evolutivos del niño. Se considera que hay que "enseñar" al pequeño porque "no sabe". No solo se le enseñan normas sociales, también las funciones naturales como "dormir solos y de un tirón" (aunque reclamen a llantos a mamá), "comer de todo" (aunque no estén preparados), compartir (sin haber llegado a la etapa de la socialización)...Este hábito de "enseñar" todo-incluso las funciones naturales que están sujetas a procesos de autorregulación desvela el desconocimiento habitual de los ritmos madurativos y la desconfianza en su capacidad de autorregulación.
La mirada horizontal, por su parte, aborda la infancia desde la empatía y el respeto por su proceso madurativo. El adulto se coloca a la altura del niño, acompañándole en su camino, con "ojos de niño", como señala tan gráficamente Franceso Tonucci, psicopedagogo y dibujante italiano. Mirar con ojos de niño significa comprender y sentir junto al niño; en términos de la teoría del apego, significa dar una respuesta empática y sensitiva, además de adecuada e inmediata, a las demandas emocionales del pequeño.
Hasta los tres años, los pequeños no entienden las explicaciones racionales. Solo esperan nuestra respuesta sensible a sus demandas para sentir que la vida es segura y merece la pena vivirla en nuestro regazo. Conocer su proceso evolutivo emocional,es decir, sus necesidades vitales y emocionales, es la clave esencial para acompañarles desde el respeto, la paciencia, la presencia emocional que requieren en los primeros seis años de vida, etapa en que se constituye el carácter y el vínculo seguro. Muchos sinsabores de la crianza y la educación son debidos al desconocimiento de cuándo, qué y cómo se puede pedir o esperar de un niño pequeño. No podemos esperar lo mismo de un pequeño de dos años que de otro de seis.
Las necesidades adultas y las infantiles son antagónicas por simple evolución madurativa. Ellos son pequeños e inmaduros; nosotros, adultos y supuestamente maduros. Ellos necesitan depender para crecer; nosotros, que crezcan rápido para que se independicen. Ellos necesitan de mamá o papá por la noche para sentirse seguros; nosotros, que duerman solos. Ellos necesitan jugar sin cesar como forma de aprender a vivir; nosotros, descansar después de trabajar. Y así un largo etcétera que coloca a los protagonistas de la historia en dos posiciones opuestas y, a veces, irreconciliables, salvo si recordamos que para crecer seguros y sanos, los niños necesitan satisfacer sus necesidades emocionales: que atendamos su llanto, que les ofrezcamos contacto corporal y que respetemos su ritmo madurativo. El pediatra y psicoanalista inglés Donald Woods Winnicott decía: "La fuerza o debilidad del yo del niño/a está en función de la capacidad del cuidador para responder adecuadamente a la absoluta dependencia del bebé en las primeras fases de la vida".
Si queremos hijos saludables, con vínculo seguro, en la primera infancia se encuentra la clave. Por tanto, somos los adultos los que podemos adecuarnos y amoldarnos a estas necesidades prioritarias de los primeros años -aunque implique algunas renuncias-, en lugar de tratar de adaptar a los pequeños a nuestro mundo adulto, con el consiguiente estrés y malestar para la primera infancia. Podemos superar la realidad de dos mundos opuestos estableciendo un puente de conexión a través de la empatía, de "sentir-con" ese pequeño que reclama nuestra atención y no entiende nuestras razones. Ellos son los pequeños; nosotros, los mayores.
Las emociones infantiles y las nuestras no son idénticas en cuanto a intensidad y capacidad de asimilación. Los menos de tres años sienten intensamente y no pueden relativizar sus emociones. El intelecto y la capacidad de racionalización adulta no están presentes en esta etapa temprana del desarrollo en que están inundados de emociones, sin un filtro racional posible. Si mamá se va, por ejemplo, no valen las explicaciones verbales de buena fe como "volverá enseguida". Con menos de tres años, el niño llorará desconsolado, y solo parará por agotamiento o ante el regreso materno. No se trata de ningún déficit ni de que deban "aprender" algo para superarlo, simplemente necesitan tiempo de maduración para sentir y saber que si su figura de apego parte, volverá.
Es crucial comprender que las necesidades emocionales infantiles-de atención, afecto y presencia de la figura de apego-son legítimas y no responden a ningún capricho ni malacrianza. Malcriar es, contrariamente a la creencia popular, no responder con empatía a la demanda imperiosa de atención del niño, que, por otra parte, le trasmite la seguridad que necesita para su evolución posterior. Todavía existe el mito de que la infancia es el paraíso de la felicidad que perdemos según crecemos. Si pudiéramos recordar nuestra infancia, quizás aflorarían a nuestra conciencia momentos alegres, pero también otros que no lo son tanto. Seguramente sentimos soledad o incomprensión más veces de las deseadas; puede que experimentásemos el doloroso sentimiento de la humillación cuando nos acusaron injustamente de mentir, o recibimos un castigo doloroso...Recordando nuestra infancia es probable que comprendamos que no siempre fue esa etapa idílica en la que se afirma que los niños son felices porque no tienen obligaciones ni créditos que pagar. Crecer tampoco es fácil. Partir de nuestra experiencia puede ayudarnos a abandonar la mirada vertical y descender hasta la altura del niño, mirando a sus ojos y sus pequeñas manitas, en lugar de interpretar automáticamente cualquier comportamiento suyo sin pararnos a sentir su lógica emocional.
Podemos frenar la tendencia sistemática a interpretar que "no nos obedecen"-con el consiguiente y automático enfado-y detenernos a pensar que, quizás, están inmersos en su juego preferido y necesitan la complicidad paterna o materna para abandonarlo e ir a cenar, por ejemplo. Podemos cuestionarnos la interpretación social que impone reglas externas sobre lo que "debe" hacer un niño sin discriminar edades madurativas o que considera que atender a sus demandas afectivas es malcriar.
En lugar de pensar en términos de "enseñar", tratemos de observar su momento evolutivo y discernir si está preparado para integrar madurativamente un paso más en su desarrollo. Ese paso puede ser la escolarización, el control de esfínteres, el destete o cualquier logro madurativo. Y para ello, necesitamos "sentir-con" ese pequeño y estar formados-informados sobre su proceso evolutivo, y desde el enfoque de la salud, que no siempre coincide con las normas sociales. En lugar de invadirles con nuestros razonamientos lógicos, tratemos de empatizar con su momento emocional, utilizando siempre "su" lenguaje-que no es el nuestro-, que se basa en el juego y la complicidad, y que tiene su sede en la expresión corporal.
Busquemos alternativas creativas que sustituyan al omnipresente "no", que frustra tanto las necesidades afectivas como los caprichos, y provoca las conocidas rabietas. Se pueden lograr los mismos objetivos sin entrar en guerras innecesarias fomentando los acuerdos consensuados a partir de los tres añitos. Es mucho más gratificante y educativo el aprendizaje mutuo del arte de los acuerdos que imponer criterios que se alejan de su comprensión infantil. En lugar de interpretar cualquier comportamiento como desobediencia, tengamos presente que ellos viven bajo el dominio del placer y nosotros bajo el del deber. Lenguajes, nuevamente, antagónicos.
Juguemos para lograr nuestros objetivos, sin imponernos desde el intelecto. Intentemos formar seres humanos razonables y solidarios, en lugar de personas sumisas o rebeldes sin causa. Y, para conseguirlo, cambiemos nuestra mirada a la infancia mediante la empatía y el respeto por ese pequeño ser de hoy, futuro adulto del mañana."
– Perdona Mamá, es que me gusta mucho jugar y a veces no me doy cuenta y me equivoco…- me contestó realmente compungida.
Menos mal que no me importa reconocer lo mío también.
– Ya lo sé, Cariño – le hablé por fin más dulcemente, mientras le daba el abrazo que más necesitaba yo que ella.
Seguí -Perdóname tú, ya no te regañaré tanto cuando las cosas no sean tan importantes-
Pero es que ahora todo me supone mucho esfuerzo, porque las dos me demandan su tiempo (y siempre intento concedérselo), porque la entropía puede conmigo y domina mi casa y mi vida (y a veces, aunque me es muy familiar la puñetera, me llega a incomodar), porque tengo mil cosas en la cabeza, porque quisiera poder leer y escribir todos los días y tampoco puedo, porque tardamos mil horas en hacer los dichosos deberes y me falta tiempo para jugar , para pasear con Chusta y Ratu, para cocinar, para atender a los amigos como me gustaría…
Admiro mucho a esas personas que sacan tiempo de no sé donde, que se saben “organizar” mejor. Debería dejar de luchar contra mí misma (aceptarme y verme lo positivo) y sobre todo dejar de luchar “contra” mi niña, que todavía es pequeña y además es un sol. Que me pongo en su pellejo y noto muy pocas diferencias con su forma de pensar y la mía a su edad (con sus dicotomías, sus miedos, sus indecisiones, sus amistades, sus pocas ganas de cole, su querer a los animales…sólo que, como ya dije, nunca fui “destronada” y en el caso de “encajar” una hermana menor, soy personalmente inexperta). No soy distinta a ella, y ella no es distinta a mí, cada día, varias veces, me sorprende, parece que es capaz de ver lo que tengo en la cabeza y se adelanta a sacarlo, a decirlo con sus propias palabras que, sorprendentemente, se diferencian poco de las que yo misma emplearía.
Y la verdad, la cuestión expresada en este artículo no es nueva para mí, la verdad es que es algo que siempre intento aplicar (ponerme en su lugar, recordar (en lo que puedo) mi propia infancia, respetar al prójimo) y, aún siendo, como dice Ana, un poco largo, resulta un resumen muy bueno de mi pensar y espero que me ayude a retomar el buen camino. Que cuando son bebés me resulta fácil… van creciendo y les vamos exigiendo cada vez más, sin darnos cuenta de que lo que necesitan es más amor y comprensión que nunca.
Me lo voy a aplicar, me lo voy a auto imponer, cultivaré mi paciencia… que tú con terminar tus fichas ya tienes bastante trabajo como para tener, también, que aguantar el agotamiento de mamá.
Y si os parece que ya habéis leído demasiado… aquí tenéis para otro ratillo. Leerlo con atención, tiene frases muy buenas para meditar. Gracias Ana, por compartir.
Artículo de Yolanda Gonzalez publicado en la revista Mente Sana.
CON LA MIRADA DE UN NIÑO. EDUCAR DESDE EL CORAZÓN.
"Mirar a un bebé suele despertar en el adulto sentimientos de ternura y protección. Contemplar cómo ríen y se mueven los pequeños es un espectáculo único que muestra las ricas potencialidades que encierran desde el primer despertar a la vida. La infancia es el mayor tesoro que posee la humanidad. Y, sin embargo, la interacción del adulto con cada niño puede favorecer o interferir en su desarrollo óptimo y saludable en función de muchos factores interdependientes.
Como sabemos, a lo largo de la historia han ido variando los modelos educativos y la forma de interacción con la primera infancia. Desde los más estrictos modelos autoritarios hasta los más permisivos, hay un gran abanico de variedades educativas que coexisten en nuestra sociedad actual. Pero más allá de las modas y los manuales educativos, necesitamos tener criterios coherentes y saludables para interaccionar con la primera infancia.
Necesitamos crear un puente de conexión entre el mundo adulto y el infantil que supere la visión tradicional del modelo adulto "yo sé, tú no sabes" y sustituirlo por el sano e infrecuente ejercicio de la empatía. Necesitamos observar y sentir a los más pequeños, sin prejuicios educativos, cambiando nuestra mirada para crear vínculos seguros y saludables. Efectivamente, el factor esencial durante la crianza y la educación es nuestra mirada, es decir, cómo interactuamos y el lugar desde el que nos relacionamos con ellos. Metafóricamente, podríamos mencionar dos tipos de mirada: la vertical y la horizontal.
En la mirada vertical, la más habitual, el adulto dirige desde arriba los pasos evolutivos del niño. Se considera que hay que "enseñar" al pequeño porque "no sabe". No solo se le enseñan normas sociales, también las funciones naturales como "dormir solos y de un tirón" (aunque reclamen a llantos a mamá), "comer de todo" (aunque no estén preparados), compartir (sin haber llegado a la etapa de la socialización)...Este hábito de "enseñar" todo-incluso las funciones naturales que están sujetas a procesos de autorregulación desvela el desconocimiento habitual de los ritmos madurativos y la desconfianza en su capacidad de autorregulación.
La mirada horizontal, por su parte, aborda la infancia desde la empatía y el respeto por su proceso madurativo. El adulto se coloca a la altura del niño, acompañándole en su camino, con "ojos de niño", como señala tan gráficamente Franceso Tonucci, psicopedagogo y dibujante italiano. Mirar con ojos de niño significa comprender y sentir junto al niño; en términos de la teoría del apego, significa dar una respuesta empática y sensitiva, además de adecuada e inmediata, a las demandas emocionales del pequeño.
Hasta los tres años, los pequeños no entienden las explicaciones racionales. Solo esperan nuestra respuesta sensible a sus demandas para sentir que la vida es segura y merece la pena vivirla en nuestro regazo. Conocer su proceso evolutivo emocional,es decir, sus necesidades vitales y emocionales, es la clave esencial para acompañarles desde el respeto, la paciencia, la presencia emocional que requieren en los primeros seis años de vida, etapa en que se constituye el carácter y el vínculo seguro. Muchos sinsabores de la crianza y la educación son debidos al desconocimiento de cuándo, qué y cómo se puede pedir o esperar de un niño pequeño. No podemos esperar lo mismo de un pequeño de dos años que de otro de seis.
Las necesidades adultas y las infantiles son antagónicas por simple evolución madurativa. Ellos son pequeños e inmaduros; nosotros, adultos y supuestamente maduros. Ellos necesitan depender para crecer; nosotros, que crezcan rápido para que se independicen. Ellos necesitan de mamá o papá por la noche para sentirse seguros; nosotros, que duerman solos. Ellos necesitan jugar sin cesar como forma de aprender a vivir; nosotros, descansar después de trabajar. Y así un largo etcétera que coloca a los protagonistas de la historia en dos posiciones opuestas y, a veces, irreconciliables, salvo si recordamos que para crecer seguros y sanos, los niños necesitan satisfacer sus necesidades emocionales: que atendamos su llanto, que les ofrezcamos contacto corporal y que respetemos su ritmo madurativo. El pediatra y psicoanalista inglés Donald Woods Winnicott decía: "La fuerza o debilidad del yo del niño/a está en función de la capacidad del cuidador para responder adecuadamente a la absoluta dependencia del bebé en las primeras fases de la vida".
Si queremos hijos saludables, con vínculo seguro, en la primera infancia se encuentra la clave. Por tanto, somos los adultos los que podemos adecuarnos y amoldarnos a estas necesidades prioritarias de los primeros años -aunque implique algunas renuncias-, en lugar de tratar de adaptar a los pequeños a nuestro mundo adulto, con el consiguiente estrés y malestar para la primera infancia. Podemos superar la realidad de dos mundos opuestos estableciendo un puente de conexión a través de la empatía, de "sentir-con" ese pequeño que reclama nuestra atención y no entiende nuestras razones. Ellos son los pequeños; nosotros, los mayores.
Las emociones infantiles y las nuestras no son idénticas en cuanto a intensidad y capacidad de asimilación. Los menos de tres años sienten intensamente y no pueden relativizar sus emociones. El intelecto y la capacidad de racionalización adulta no están presentes en esta etapa temprana del desarrollo en que están inundados de emociones, sin un filtro racional posible. Si mamá se va, por ejemplo, no valen las explicaciones verbales de buena fe como "volverá enseguida". Con menos de tres años, el niño llorará desconsolado, y solo parará por agotamiento o ante el regreso materno. No se trata de ningún déficit ni de que deban "aprender" algo para superarlo, simplemente necesitan tiempo de maduración para sentir y saber que si su figura de apego parte, volverá.
Es crucial comprender que las necesidades emocionales infantiles-de atención, afecto y presencia de la figura de apego-son legítimas y no responden a ningún capricho ni malacrianza. Malcriar es, contrariamente a la creencia popular, no responder con empatía a la demanda imperiosa de atención del niño, que, por otra parte, le trasmite la seguridad que necesita para su evolución posterior. Todavía existe el mito de que la infancia es el paraíso de la felicidad que perdemos según crecemos. Si pudiéramos recordar nuestra infancia, quizás aflorarían a nuestra conciencia momentos alegres, pero también otros que no lo son tanto. Seguramente sentimos soledad o incomprensión más veces de las deseadas; puede que experimentásemos el doloroso sentimiento de la humillación cuando nos acusaron injustamente de mentir, o recibimos un castigo doloroso...Recordando nuestra infancia es probable que comprendamos que no siempre fue esa etapa idílica en la que se afirma que los niños son felices porque no tienen obligaciones ni créditos que pagar. Crecer tampoco es fácil. Partir de nuestra experiencia puede ayudarnos a abandonar la mirada vertical y descender hasta la altura del niño, mirando a sus ojos y sus pequeñas manitas, en lugar de interpretar automáticamente cualquier comportamiento suyo sin pararnos a sentir su lógica emocional.
Podemos frenar la tendencia sistemática a interpretar que "no nos obedecen"-con el consiguiente y automático enfado-y detenernos a pensar que, quizás, están inmersos en su juego preferido y necesitan la complicidad paterna o materna para abandonarlo e ir a cenar, por ejemplo. Podemos cuestionarnos la interpretación social que impone reglas externas sobre lo que "debe" hacer un niño sin discriminar edades madurativas o que considera que atender a sus demandas afectivas es malcriar.
En lugar de pensar en términos de "enseñar", tratemos de observar su momento evolutivo y discernir si está preparado para integrar madurativamente un paso más en su desarrollo. Ese paso puede ser la escolarización, el control de esfínteres, el destete o cualquier logro madurativo. Y para ello, necesitamos "sentir-con" ese pequeño y estar formados-informados sobre su proceso evolutivo, y desde el enfoque de la salud, que no siempre coincide con las normas sociales. En lugar de invadirles con nuestros razonamientos lógicos, tratemos de empatizar con su momento emocional, utilizando siempre "su" lenguaje-que no es el nuestro-, que se basa en el juego y la complicidad, y que tiene su sede en la expresión corporal.
Busquemos alternativas creativas que sustituyan al omnipresente "no", que frustra tanto las necesidades afectivas como los caprichos, y provoca las conocidas rabietas. Se pueden lograr los mismos objetivos sin entrar en guerras innecesarias fomentando los acuerdos consensuados a partir de los tres añitos. Es mucho más gratificante y educativo el aprendizaje mutuo del arte de los acuerdos que imponer criterios que se alejan de su comprensión infantil. En lugar de interpretar cualquier comportamiento como desobediencia, tengamos presente que ellos viven bajo el dominio del placer y nosotros bajo el del deber. Lenguajes, nuevamente, antagónicos.
Juguemos para lograr nuestros objetivos, sin imponernos desde el intelecto. Intentemos formar seres humanos razonables y solidarios, en lugar de personas sumisas o rebeldes sin causa. Y, para conseguirlo, cambiemos nuestra mirada a la infancia mediante la empatía y el respeto por ese pequeño ser de hoy, futuro adulto del mañana."
viernes, 24 de septiembre de 2010
Kilómetros de impotencia para llegar a dulces banalidades.
He recorrido los kilómetros, estos días, con la tediosa impotencia por compañera, se ha sentado en el asiento vacío del copiloto y ha pasado la tonelada que pesa su brazo izquierdo sobre mis hombros.
Alguien a quien adoro y admiro está lejos, sé que en estos momentos su valentía lucha contra mil dudas y su cuerpo lucha por superar un brote de esa crónica enfermedad que, normalmente, ella mantiene controlada con irrebatible arrojo. No está sola, ella ahora no es sólo uno. Precisamente por eso, la incertidumbre la consume cada minuto.
Esther, no dejes de luchar. Aunque eso suponga atender mil banalidades que, ahora mismo, os importarán una mierda, aunque suponga que los demás escuchemos lo que nos tengáis que contar, aunque nos saquéis de nuestra dulce rutina y recibamos, una vez más, una solemne lección de vuestra fortaleza. Para eso estamos los amigos y para mucho más.
Os contaré lo de estos días:
Esta mañana he partido hacia Valladolid, igual que ayer. Este curso el congreso de la S.E.O.C. se ha celebrado cerca. Reúne veterinarios dedicados al ovino y caprino. Hacía años que no asistía. He reencontrado colegas a los que no veía desde entonces. Algunos preguntaron si me quedaría por allí a dormir, si me quedaría a la cena, a las copas. No sabían de mi nueva maternidad, ni conocían otra manera de criar.
La lactancia, más allá de los 6 meses, también entre los veterinarios más campestres, suena a chino. Y eso que está por escrito (http://www.aeped.es/comite-lactancia-materna/recomendaciones) que la O.M.S. recomienda mantener la lactancia materna hasta por lo menos los dos años. ¿Por qué a nadie le sorprende, en cambio, que un niño de más de tres años se tome un biberón antes de acostarse?
Pero, en determinados ámbitos, todavía merece la pena dar explicaciones, queda sembrada la perplejidad, la sorpresa y te das cuenta de que ha servido para dejar a padres, futuros padres o a los que nunca hubieran pensado en ser padres, cavilando un ratillo. Es probable que no todas disfrutéis de la suerte de poder ver la cara que se les queda a una mesa entera de colegas, del género masculino cuando les cuentas que prefieres volver a casa, recorriendo más de 100 km, para amantar a una de tus hijas, que ya cumplió los 20 meses, antes que quedarte a tan divertida juerga (que no niego sea un plan que me apetezca, entre otras cosas, porque me recuerda a aquella adolescencia en la que cualquier problema quedaba sutilmente difuminado… algún día podrá volver a ser). Por ahora mis divertimentos han sido otros, igual o más gratificantes.
Hablar con Victoria, que ahora también vive la maternidad, es casi como conocer una persona nueva y sobre todo da gusto cuando te das cuenta de que, por su propio camino, ha llegado a iguales conclusiones que tú. Siento que algo nos une, que el instinto siempre nos acompaña. Espero verte por aquí, y por allí.
Filosofar con Manolo, desde que le conozco, es algo que siempre añoro, que siempre me aporta. Aunque, en el caso más venturoso, pasa de año en año, bien pueden, en tiempo de crianza, zumbar tranquilamente 5 años del tirón. Leeré lo que nos has recomendado y tampoco cesaré en la campaña anti-Simpsons… Asín nos tachen de lo que quieran, con poco más lo mismo cambiamos algo el mundo. Espero no tener que esperar tanto tiempo para volver a verte.
Estar con Álvaro es como enfocar, por un momento, alguna escena de cualquier personaje interpretado por Hugh Grant, con ese descarado desparpajo que no deriva en inadecuado.Y que, a él mismo, al reir, siempre le sonroja. Ellos forman parte de un grupo de trabajo, reunidos bajo el nombre de una misma empresa, de la parecen profesarse orgullosos, y esto consigue un ambiente distendido y jocoso que resulta contagioso. Lo suficientemente cómodo como para no tener que aparentar absolutamente nada de lo que no soy.
Y alguno todavía se reirá, pero a mí pasar por Rágama, me sigue resultando la travesía urbana más agradable, del pequeño trozo, de la extensa Castilla que conozco. ¡Y se acabó! ¡Qué me gusta! Y además he visto un cartel de venta, en una bonita casa de las que da a la iglesia… que porque no tengo los duros que pedirán :D… que si no ... allí me tendríais que ir a buscar :DD
Alguien a quien adoro y admiro está lejos, sé que en estos momentos su valentía lucha contra mil dudas y su cuerpo lucha por superar un brote de esa crónica enfermedad que, normalmente, ella mantiene controlada con irrebatible arrojo. No está sola, ella ahora no es sólo uno. Precisamente por eso, la incertidumbre la consume cada minuto.
Esther, no dejes de luchar. Aunque eso suponga atender mil banalidades que, ahora mismo, os importarán una mierda, aunque suponga que los demás escuchemos lo que nos tengáis que contar, aunque nos saquéis de nuestra dulce rutina y recibamos, una vez más, una solemne lección de vuestra fortaleza. Para eso estamos los amigos y para mucho más.
Os contaré lo de estos días:
Esta mañana he partido hacia Valladolid, igual que ayer. Este curso el congreso de la S.E.O.C. se ha celebrado cerca. Reúne veterinarios dedicados al ovino y caprino. Hacía años que no asistía. He reencontrado colegas a los que no veía desde entonces. Algunos preguntaron si me quedaría por allí a dormir, si me quedaría a la cena, a las copas. No sabían de mi nueva maternidad, ni conocían otra manera de criar.
La lactancia, más allá de los 6 meses, también entre los veterinarios más campestres, suena a chino. Y eso que está por escrito (http://www.aeped.es/comite-lactancia-materna/recomendaciones) que la O.M.S. recomienda mantener la lactancia materna hasta por lo menos los dos años. ¿Por qué a nadie le sorprende, en cambio, que un niño de más de tres años se tome un biberón antes de acostarse?
Pero, en determinados ámbitos, todavía merece la pena dar explicaciones, queda sembrada la perplejidad, la sorpresa y te das cuenta de que ha servido para dejar a padres, futuros padres o a los que nunca hubieran pensado en ser padres, cavilando un ratillo. Es probable que no todas disfrutéis de la suerte de poder ver la cara que se les queda a una mesa entera de colegas, del género masculino cuando les cuentas que prefieres volver a casa, recorriendo más de 100 km, para amantar a una de tus hijas, que ya cumplió los 20 meses, antes que quedarte a tan divertida juerga (que no niego sea un plan que me apetezca, entre otras cosas, porque me recuerda a aquella adolescencia en la que cualquier problema quedaba sutilmente difuminado… algún día podrá volver a ser). Por ahora mis divertimentos han sido otros, igual o más gratificantes.
Hablar con Victoria, que ahora también vive la maternidad, es casi como conocer una persona nueva y sobre todo da gusto cuando te das cuenta de que, por su propio camino, ha llegado a iguales conclusiones que tú. Siento que algo nos une, que el instinto siempre nos acompaña. Espero verte por aquí, y por allí.
Filosofar con Manolo, desde que le conozco, es algo que siempre añoro, que siempre me aporta. Aunque, en el caso más venturoso, pasa de año en año, bien pueden, en tiempo de crianza, zumbar tranquilamente 5 años del tirón. Leeré lo que nos has recomendado y tampoco cesaré en la campaña anti-Simpsons… Asín nos tachen de lo que quieran, con poco más lo mismo cambiamos algo el mundo. Espero no tener que esperar tanto tiempo para volver a verte.
Estar con Álvaro es como enfocar, por un momento, alguna escena de cualquier personaje interpretado por Hugh Grant, con ese descarado desparpajo que no deriva en inadecuado.Y que, a él mismo, al reir, siempre le sonroja. Ellos forman parte de un grupo de trabajo, reunidos bajo el nombre de una misma empresa, de la parecen profesarse orgullosos, y esto consigue un ambiente distendido y jocoso que resulta contagioso. Lo suficientemente cómodo como para no tener que aparentar absolutamente nada de lo que no soy.
Y alguno todavía se reirá, pero a mí pasar por Rágama, me sigue resultando la travesía urbana más agradable, del pequeño trozo, de la extensa Castilla que conozco. ¡Y se acabó! ¡Qué me gusta! Y además he visto un cartel de venta, en una bonita casa de las que da a la iglesia… que porque no tengo los duros que pedirán :D… que si no ... allí me tendríais que ir a buscar :DD
viernes, 17 de septiembre de 2010
Lo que nos toca... y lo que nos quedará.
Julia ha comenzado 1º de primaria.
Justo en este momento la tengo sentada a mi derecha, haciendo sus deberes del cole, le he dicho que tenía que escribir una memoria para mi trabajo, parece que es mejor que me vea cerca y ocupada, a que la agobie todo el rato mirándola. La verdad es que lo hace bien, cuando quiere.
El problema es más gordo: No quiere. Y yo… tampoco :(
Propongo a veces, medio de guasa, impulsar una Plataforma Anti-deberes. Pero, la transparencia de los chistes, deja entrever algo del fondo, real, de la mente de quien los suelta.
Estoy viviendo una dura dicotomía interior, por un lado aborrezco el sistema de educación instaurado. Tampoco conozco a fondo otros de los que, casi de refilón, he oído hablar, entre los motivos: me da miedo saber más, que “me toquen las palmas”, que lo mismo me pasa igual que con la lactancia y con el colecho, y me “arranco”… me pasaría la vida luchando y agotándome.
Ya me contarás un día tranquila, Txita (www.arantxayoga.wordpress.com), cuando por fin podamos vernos y achucharnos, que tal os va, te escucharé con atención.
Y leeré el blog de Yasmin (http://aprendiendodeadrian.blogspot.com).
Y es que no puedo evitar el sentirme a su vez culpable, por perezosa, por cerrar los ojos a esas otras maneras de enseñar y huir pa´lante. No quisiera privar a mis hijas de lo que pudiera ser mejor, por simple vaguería, pero no es mentira que caminar fuera de la senda siempre es más complicado, te clavas más piedras en los pies, al final es más rápido y fácil regresar al conocido redil, para continuar el camino al mismo son que el resto de nuestro rebaño.
Y las tareas escolares, para casa, me producen cierto sarpullido, no lo voy a negar. Me aburro más que quien las tiene que realizar.
Me da rabia rabiosa, porque considero que Julia tiene buen aprender, maneja un amplio vocabulario, con el que dejó pasmada a la logopeda del curso pasado, la misma que no consiguió que terminara de pronunciar la “r”, aunque noté gran mejoría …Claro, tan sólo en una sesión…no pediremos lo imposible. -Hay niños más preferentes- se disculpó la directora del centro.
Y maneja libros de Naturaleza, dragones, egipcios, aztecas…
El jueves me sorprendió al salir de clase, contándome que casi se queda dormida del aburrimiento, porque le explicaron los planetas…y le pareció un rollo ¡Pero… si la noche anterior, secándole el pelo, me preguntaba hasta por las lunas de Saturno (Mientras ojeaba un libro titulado “La tierra y el Cielo”), como la falsa tierra llamada “Titán”! ¡Lo que me hace aprender Julia!
Pero su profe insiste en que anda despistadilla, estoy segura de que tiene toda la razón.
No desisto en mi empeño de que ella se adapte al sistema, aunque me duela el corazón. Os lo aseguro.
Está decidido, nos pondremos en manos de su tutora, que además tiene buena fama, muchos me lo han corroborado. Entre otras cosas porque no soy profesional de la enseñanza, ni tengo tiempo para aprender a serlo. Bastante tengo con contar ovejas.
Así que estas letras las escribo como simple desahogo (mío), como máximo desahogo de Julia y sobre todo para mantener mis manos entretenidas, evitando que le den a Julia un buen cocotón… porque aquí, a mi vera, lleva más de una hora para completar dos miserables fichas y os aseguro que está a punto de consumir mi último ápice de paciencia.
Todo sea porque se distinga lo menos posible de los demás ¡No dicen que la virtud está en el término medio? Lo mismo otra virtud sea el poder pasar lo más desapercibido posible entre nuestros semejantes.
Creo que siempre me quedará alguna lastimosa duda. En fin…para lo que dan tantos minutos.
Justo en este momento la tengo sentada a mi derecha, haciendo sus deberes del cole, le he dicho que tenía que escribir una memoria para mi trabajo, parece que es mejor que me vea cerca y ocupada, a que la agobie todo el rato mirándola. La verdad es que lo hace bien, cuando quiere.
El problema es más gordo: No quiere. Y yo… tampoco :(
Propongo a veces, medio de guasa, impulsar una Plataforma Anti-deberes. Pero, la transparencia de los chistes, deja entrever algo del fondo, real, de la mente de quien los suelta.
Estoy viviendo una dura dicotomía interior, por un lado aborrezco el sistema de educación instaurado. Tampoco conozco a fondo otros de los que, casi de refilón, he oído hablar, entre los motivos: me da miedo saber más, que “me toquen las palmas”, que lo mismo me pasa igual que con la lactancia y con el colecho, y me “arranco”… me pasaría la vida luchando y agotándome.
Ya me contarás un día tranquila, Txita (www.arantxayoga.wordpress.com), cuando por fin podamos vernos y achucharnos, que tal os va, te escucharé con atención.
Y leeré el blog de Yasmin (http://aprendiendodeadrian.blogspot.com).
Y es que no puedo evitar el sentirme a su vez culpable, por perezosa, por cerrar los ojos a esas otras maneras de enseñar y huir pa´lante. No quisiera privar a mis hijas de lo que pudiera ser mejor, por simple vaguería, pero no es mentira que caminar fuera de la senda siempre es más complicado, te clavas más piedras en los pies, al final es más rápido y fácil regresar al conocido redil, para continuar el camino al mismo son que el resto de nuestro rebaño.
Y las tareas escolares, para casa, me producen cierto sarpullido, no lo voy a negar. Me aburro más que quien las tiene que realizar.
Me da rabia rabiosa, porque considero que Julia tiene buen aprender, maneja un amplio vocabulario, con el que dejó pasmada a la logopeda del curso pasado, la misma que no consiguió que terminara de pronunciar la “r”, aunque noté gran mejoría …Claro, tan sólo en una sesión…no pediremos lo imposible. -Hay niños más preferentes- se disculpó la directora del centro.
Y maneja libros de Naturaleza, dragones, egipcios, aztecas…
El jueves me sorprendió al salir de clase, contándome que casi se queda dormida del aburrimiento, porque le explicaron los planetas…y le pareció un rollo ¡Pero… si la noche anterior, secándole el pelo, me preguntaba hasta por las lunas de Saturno (Mientras ojeaba un libro titulado “La tierra y el Cielo”), como la falsa tierra llamada “Titán”! ¡Lo que me hace aprender Julia!
Pero su profe insiste en que anda despistadilla, estoy segura de que tiene toda la razón.
No desisto en mi empeño de que ella se adapte al sistema, aunque me duela el corazón. Os lo aseguro.
Está decidido, nos pondremos en manos de su tutora, que además tiene buena fama, muchos me lo han corroborado. Entre otras cosas porque no soy profesional de la enseñanza, ni tengo tiempo para aprender a serlo. Bastante tengo con contar ovejas.
Así que estas letras las escribo como simple desahogo (mío), como máximo desahogo de Julia y sobre todo para mantener mis manos entretenidas, evitando que le den a Julia un buen cocotón… porque aquí, a mi vera, lleva más de una hora para completar dos miserables fichas y os aseguro que está a punto de consumir mi último ápice de paciencia.
Todo sea porque se distinga lo menos posible de los demás ¡No dicen que la virtud está en el término medio? Lo mismo otra virtud sea el poder pasar lo más desapercibido posible entre nuestros semejantes.
Creo que siempre me quedará alguna lastimosa duda. En fin…para lo que dan tantos minutos.
sábado, 11 de septiembre de 2010
El coche agradecido.
Paro siempre que puedo a repostar en la gasolinera de Chaherrero.
Paro a la que vuelvo a casa, entre otras cosas porque tienen un pan (horneado en Riocabado) buenísimo.
También paro, desde hace ya nueve años (desde cuando regresaba casi a diario con Alfonso) porque los que nos atienden allí son la mar de amables.
Siempre lo comentábamos.
Ahora, hay que desviarse de la nueva autovía para visitarla.
Ya sé que una cosa hago mal: Cargo el depósito cuando ya va consumiendo la reserva.
Siempre pido que lo llenen.
Desde seco... a reventar.
Entonces, al volver a la carretera, siento como el coche va mejor. Más lisito. Con la tripa llena.
Y recuerdo la miradas cruzadas con Alfonso. Porque nuestro sentir coincidía.
Ya veis, nos parecía que el coche nos lo agradecía, respondiendo con más salero al acelerador.
A veces conducía él.
Son tantos los huecos que ocupan en mi cabeza los recuerdos vividos con Alfonso que, cuando agrupe aliento, me gustaría compartirlos con vosotros.
Hace unos quince días fui a pagar. Me despachaba quien, ahora sé, se llama Manolo.
Y resulta que le di el D.N.I y el carné de conducir.
-Pues muy bien...¿Y con cuál te cobro?- Como siempre, sonrió.
-¡Ya me gustaría poder pagarte con cualquiera de los dos!- Me disculpé.
Como cada vez que le veo, seguimos hablando... de otras cosas.
A la semana siguiente, otra vez a llenar...¡Qué ruina!
Estaba esta vez Carlos.
Aceptó la comprobación con el carné de conducir porque me di cuenta de que me faltaba el D.N.I.
- ¡Vaya! Se habrá quedado en la mochila...- Pensé casi en voz alta.
Hacía pocos días había cambiado aquella mochila por un bolso más recogido.
Pasando otra semana, ayer mismo, he vuelto.
A repostar, a comprar pan y unas pastas para llevarle a Ana.
Así que salí en Chaherrero... Sabía que Manolo estaba de vacaciones.
Me encontré con un dependiente desconocido.
-Súmame esto también- Le dije cogiendo unos regalices rojos.
Y, cuando iba ya a sacar el carné de conducir porque ni siquiera me había propuesto buscar el D.N.I., me medio pregunta medio confirma donde vivo. Él se explica:
-Al verte entrar he pensado que eras tú- Mientras sacaba el documento perdido.
-Así que, ¡Estaba aquí!- me alegré.
-Sí, estaba aquí, entre los chicles- Señalaba la estantería que precede al mostrador.
-Claro, se me caería el otro día... me atendió un compañero tuyo que me dijo que en invierno también vive en Peñaranda- Expliqué.
-Ah, sí , Manolo. Está de vacaciones-
-Lo sé, el otro día me dijo que empezaba a librar el siguiente ¡Vaya, qué alivio haberlo encontrado!-
- Pues sí, un quebradero menos de cabeza-Se despidió.
Ya, si paro allí, continuo por la general que, desde la construcción de la autovía, ha quedado desierta. Tan a gusto.
Con el coche otra vez saciado, agradecido.
Comiéndome los regalices rojos, que también hubiera disfrutado con Alfonso mirándonos de refilón.
Sin hablarnos, los dos maquinando lo mismo:
"¡Pero que finito va el clío ahora, parece que se desliza mejor!"
Algunos seguimos disfrutando sencillas formas con las que nos contentamos.
Y entre melancolía y recuerdos marché pensando -¡Qué cosas tiene la vida!
¡Qué sucios revolcones nos depara!
O qué vueltas da, a veces, tan simples agradables y cotidianas-.
Paro a la que vuelvo a casa, entre otras cosas porque tienen un pan (horneado en Riocabado) buenísimo.
También paro, desde hace ya nueve años (desde cuando regresaba casi a diario con Alfonso) porque los que nos atienden allí son la mar de amables.
Siempre lo comentábamos.
Ahora, hay que desviarse de la nueva autovía para visitarla.
Ya sé que una cosa hago mal: Cargo el depósito cuando ya va consumiendo la reserva.
Siempre pido que lo llenen.
Desde seco... a reventar.
Entonces, al volver a la carretera, siento como el coche va mejor. Más lisito. Con la tripa llena.
Y recuerdo la miradas cruzadas con Alfonso. Porque nuestro sentir coincidía.
Ya veis, nos parecía que el coche nos lo agradecía, respondiendo con más salero al acelerador.
A veces conducía él.
Son tantos los huecos que ocupan en mi cabeza los recuerdos vividos con Alfonso que, cuando agrupe aliento, me gustaría compartirlos con vosotros.
Hace unos quince días fui a pagar. Me despachaba quien, ahora sé, se llama Manolo.
Y resulta que le di el D.N.I y el carné de conducir.
-Pues muy bien...¿Y con cuál te cobro?- Como siempre, sonrió.
-¡Ya me gustaría poder pagarte con cualquiera de los dos!- Me disculpé.
Como cada vez que le veo, seguimos hablando... de otras cosas.
A la semana siguiente, otra vez a llenar...¡Qué ruina!
Estaba esta vez Carlos.
Aceptó la comprobación con el carné de conducir porque me di cuenta de que me faltaba el D.N.I.
- ¡Vaya! Se habrá quedado en la mochila...- Pensé casi en voz alta.
Hacía pocos días había cambiado aquella mochila por un bolso más recogido.
Pasando otra semana, ayer mismo, he vuelto.
A repostar, a comprar pan y unas pastas para llevarle a Ana.
Así que salí en Chaherrero... Sabía que Manolo estaba de vacaciones.
Me encontré con un dependiente desconocido.
-Súmame esto también- Le dije cogiendo unos regalices rojos.
Y, cuando iba ya a sacar el carné de conducir porque ni siquiera me había propuesto buscar el D.N.I., me medio pregunta medio confirma donde vivo. Él se explica:
-Al verte entrar he pensado que eras tú- Mientras sacaba el documento perdido.
-Así que, ¡Estaba aquí!- me alegré.
-Sí, estaba aquí, entre los chicles- Señalaba la estantería que precede al mostrador.
-Claro, se me caería el otro día... me atendió un compañero tuyo que me dijo que en invierno también vive en Peñaranda- Expliqué.
-Ah, sí , Manolo. Está de vacaciones-
-Lo sé, el otro día me dijo que empezaba a librar el siguiente ¡Vaya, qué alivio haberlo encontrado!-
- Pues sí, un quebradero menos de cabeza-Se despidió.
Ya, si paro allí, continuo por la general que, desde la construcción de la autovía, ha quedado desierta. Tan a gusto.
Con el coche otra vez saciado, agradecido.
Comiéndome los regalices rojos, que también hubiera disfrutado con Alfonso mirándonos de refilón.
Sin hablarnos, los dos maquinando lo mismo:
"¡Pero que finito va el clío ahora, parece que se desliza mejor!"
Algunos seguimos disfrutando sencillas formas con las que nos contentamos.
Y entre melancolía y recuerdos marché pensando -¡Qué cosas tiene la vida!
¡Qué sucios revolcones nos depara!
O qué vueltas da, a veces, tan simples agradables y cotidianas-.
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