Para bien o para mal, por distintas circunstancias, en esta vida me ha tocado algún que otro peregrinar. Ello ha conllevado el tener que despedir, recibir, conocer gente... algunas de estas personas me han concedido el privilegio de considerarse mis amigos... y muchos, aún hoy, siguen siéndolo.
Gracias por estar ahí.

domingo, 25 de julio de 2010

Este paisaje.


Para alosqueoscuesteimaginar y para yo misma recordar.
Estas fotos las saqué esta pasada primavera cuando escribí "En un lugar de La Moraña..."




Pues en vivo y en directo es mucho más bonito.

miércoles, 30 de junio de 2010

Pajaroto



Hace tiempo me propuse, desde el comienzo de esta andanza por el blog-espacio, ser constante... no abandonar...

Y, aunque parezca lo contrario, en algo he ido cumpliendo: Mi cabeza no ha parado de volar y mi necesidad de comunicarme no ha menguado lo más mínimo, pero otras cuestiones, me han retenido un poco por aquí, por tierra.

También dije que la semana que no pudiera escribiros, por lo menos colgaría alguna foto o algún vídeo...pero en estos dos laaaaargos meses... ni eso.

De ahora mismito no pasa, me acordé de Pajaroto, vino cuando Julia no había cumplido ni los tres años, lo trajo mi vecina María Ángeles -"Encontré este polluelo"- me dijo -"Lo traigo para que lo vea la niña y luego ya lo soltarás"-
Eso mismo pensé yo: Sí, lo soltaré, porque estos pajaritos indomesticados nunca comen y siempre se mueren.

Pero para nuestra sorpresa y nuestro gozo Pajaroto devoraba voráz gusanitos de jamón dulce y pan mojado, creció y creció, me lo llevaba todos los días a la granja para que no pasara tanto tiempo sin comer (este jefe mío también tiene una paciencia...), aprendió a volar, a cazar lombrices y tijeretas, le pusimos una casa en el jardín (que le gustó cero, no calculamos bien el crecimiento de las plumas de su cola y no cabía bien, además de que descaradamente resultó ser un ave de suelo) y le concedimos de nuevo su merecida libertad...me esperó algunas madrugadas en el jardín para darme los buenos días... y ya no le ví más, o quizás sí.

Os intentaré poner un buen reportaje gráfico (esto va tan lento...), que seguro valdrá más que mil de mis palabras.

Lo primero una buena cama. Chusta y Ratulí nunca le miraron con buenos ojos, hay instintos que no son domables.



Y una buena merienda.



Os iba a poner otro par de vídeos, de cuando estaba crecidito, libre por el jardín... pero ya se ha colgado el cacharro este y me desespera. Para la próxima.

A ver si es más fácil alguna foto, ahí van:

El intento de casa, todavía está vacía en el jardín.

Lecciones de vuelo. Resultó ser aplicado alumno y un magnífico piloto.

Y con Esther, en una de esas visitas... porque le pillamos de paso, ya sabéis.

Subir fotos, mucho más sencillo. ¡Hala, cuatro del tirón!

domingo, 9 de mayo de 2010

¿Quién dijo paciencia?

Pues no, no soy paciente, nunca lo he sido, no poseo realmente esa virtud que otros me asignan o puede que aparente tener. Como todo buen Peter Pan lo que quiero... lo quiero ¡Ya! ¡Cojona!

Lo que pasa es que voy aplicando, sigo cada día descubriendo, algún truco del almendruco.

Intento aprovechar cada momento para disfrutar, lo que nigsifica conseguir entretenerme observando los detalles, detalles pequeñitos.

Casi todo entorno me puede parecer bien para estar el rato que corresponda, he dejado de desear estar en otro sitio que pueda considerarse más apetecible, intento que me agrade donde estoy, por pocas aportaciones que aparente haber en el lugar que me acoge (digamos la cola de la caja del supermercado, por ejemplo), siempre hallo algo o alguien positivo que pueda llenar las arcas de mi recreo. Es un ejercicio relativamente sencillo, aprender a valorar: que lo poco, puede llegar a ser mucho. Y sino, siempre es válido imaginar, volar. Nada lo impide.

Esto, a su vez, está totalmente relacionado con dejar de esperar vivir en un futuro que siempre se nos antoja será mejor, a veces incluso pensamos que porque es posible que consigamos disponer de bienes materiales de los que en el momento actual no disponemos (metidos en esta rueda es díficil llegar al destino, mejor apearse en la primera parada y seguir a pie). Vivir en el futuro es casi peor que vivir apegado al pasado, porque por lo menos este fue real y es recordable, pero el futuro anhelado de manera concreta, puede quedarse en esa utopía, en espejismos vistos mientras deambulamos por ese desierto que nosotros mismos creamos, al no saber apreciar la belleza de lo que pisamos.

Sería mejor aprender a disfrutar el viaje. Sacar la cabeza por la ventanilla y otear el camino, mientras intentamos retener en los pulmones el aire fresco que se escapa, rozando veloz nuestra cara.

Esto a su vez, está totalmente relacionado con evitar (yo solita) frustrarme. Dejo de proponerme metas que sé no voy a conseguir, no quisiera parecer derrotista (aunque muchas veces si lo soy) quiero decir mejor: intento no cargar los bolsillos con ciertas esperanzas (como empezar y acabar de escribiros algo del tirón :))))), aunque ilusiones siempre se llevan, a veces… como lastre pero casi siempre como banderas.

Junto a las peques, es más que probable que al concluir el día, cualquier parecido con lo pensaba iba a vivir sea mera coincidencia, cualquier plan, por sencillo que parezca, puede terminar siendo una sonada aventura. ¿Qué os voy a contar que no sepáis!

Esto, a su vez, está totalmente relacionado con intentar aparcar la prisa ¡Así me luce el pelo, llegando tarde a casi todas partes! No, eso no me gusta tampoco…Quiero referirme a que cuando ya he conseguido llegar (aunque, inevitablemente, con la lengua fuera) dejo de sufrir esa velocidad, por lo menos que cada insignificante cosa que hacemos sea tranquilamente disfrutable.

Así, con esta cadena voy forjando lo que, a mí misma, me resulta fácil confundir con pachorra, pero debe ser algo más parecido a la templanza, quizás lo estoy consiguiendo y no es sólo apariencia (de paciencia). Todo puede ser.

domingo, 2 de mayo de 2010

Julia Julieta.

Sabéis que tengo una hija de 5 años, mi hija mayor, se llama Julia. Ya no le queda tanto para que ella misma pueda leerme y amonestarme –“Jo Mamá, ¡Me han manido los manicormios! Sólo hablas de bebés y de tetas. Si lo que mola son los dragones y `Código Lyoko´. Es que no te enteras…”-

(Esto de manirse los manicormios dice que lo oyó en una de tantas películas que le gustan: `Bolt´. Pero la he vuelto a escudriñar con ella de cabo a rabo y no hemos escuchado en ningún momento tal frase. Explica Julia que a veces la gatita la dice y otras veces no. He debido de verla en el día del no, lástima).

Ella suele hablar bien (que no digo que sea lo mismo que pronunciar bien: la “R” se resiste, pero va progresando) le sigue fallando murciègalo y poco más. Aunque no hace tanto conjugaba perfectamente el verbo nigsificar. Por ejemplo:
-“Mamá, el semáforo está verde, nigsifica que podemos pasar ¡Vamos!”-

Es muy bonito vivir con Julia (aunque en ocasiones agote mi paciencia, esa paciencia que parece que sólo nuestros propios hijos son capaces de apurar… y si lo pensamos un momento veremos que mucho más la culpa siempre es nuestra).

Es una niña dulce, ni mucho menos cursi (aunque sí que le gusta el rosa y por supuesto la purpurina), es prudente y, en lo que cabe, obediente.

Parece que no le gustan las camisetas lisas, ni las camisas de botones, ni llevar el pelo corto, ni ir de compras, ni jugar con las muñecas, ni `Dora, la aburridora", ni la cebolla, ni la pimienta, entre alguna cosa más.

No es de (lo que se suele entender como) talante cariñoso, ni besucona. Yo tampoco. Lo que no nos quita de ser románticas y de que terminemos buscando la compañía mimosa de a quienes amamos. Y tampoco nos libra de los daños a nuestros frágiles corazones con conexión directa a lágrimas automáticas.

Disfruta en el cine, en casa en pijama, con la arena, con sus amigas del alma, con Jose, con los viajes en compañía de sus primos Pol y Ernest, en la piscina de Santa Pola, perdiéndose en el laberinto de `Los Jardines´, comiendo a todas horas, con sus abuelos, con Chusta y Ratulí…

Escucha, con la justa atención, historias (porque prefiere ver la tele, snif) sobre todo cuando a los personajes les apodamos “mendruguines” o “merluzos” (evocación de los tebeos de `Mortadelo y Filemón´ que ya le lee su padre, los he tenido que prohibir para dormir… porque dentro de la hora relajación me parece que no es lo mejor atragantarse de risa) .
Pero su mayor diversión es hacer actividades caseras (porque las fichas del cole le cuestan un triunfo y otro triunfo a sus padres… menuda lata con los deberes) dibuja, colorea, recorta, pega, purpurinea, moldea… deja todo lleno de cachitos minúsculos de cualquier material, por cualquier sitio, de cualquier color… y nunca, jamás (para desesperación de su padre) recoge (a no ser bajo orden tajante). Eso si, luego guarda a buen recaudo sus creaciones en su rincón secreto (en la cabecera de su cama, tras el cojín de los dinosaurios) junto a los tesoros que trae de la calle o encuentra en casa: hojas secas, piedras, trozos deformes de hormigón, de ladrillos, bridas, conchas de mejillones, cera roja de la corteza del queso…hasta a mí me da pena tirar ciertos patrimonios al hacer limpieza.

Su chiste preferido (además del infaltable perro `mis tetas´) es el de un tartamudo y un ciego y lo cuenta bien:

Esto es un ciego que conducía y un amigo tartamudo que le guiaba -“Cu…cu….curva a la derecha”-
Y el ciego giraba.
-“Cu…cu…curva a la izquierda”-
Y así iban avanzando.
Pero en una curva… ¡Zas! Se pegan un leñazo.
Y el tartamudo comienza –“La…la…vi…. La…la... vi…”-
Y el ciego –“Pero si la viste ¿Por qué no me lo dijiste?”-
Y el tartamudo termina – “La…la… vi… ¡La Virgen , que porrazo nos hemos pegao´ “

Me gustaría poder contaros muchos más ratos con Julia, muchas cosas de Julia… pero muchas otras, al pasar pocas horas, se me olvidan, son recuerdos que archivo en no sé qué rincón de mi mente o de mi corazón y allí se deben de quedar dormidos.

Ha venido un día preocupada del cole porque ningún amigo se cree que en nuestra casa vivan con nosotros los Duendes. Pues ayer mismo Julia vio uno escabullirse tras el rodapie carcomido de la cocina. Ellos observan lo bien o mal que nos portamos y según, nos dejan escondidas sorpresas que ellos saben que nos agradan, ahora que Julia va sabiendo leer también le dejan alguna nota de vez en cuando, escriben un poco mal como si les temblase el pulso, deben ser los nervios por si les pillamos.

También llegó enfadada porque algunos compañeros han comenzado a burlarse de su segundo apellido… que me vas acontar a mí, yo siempre lo llevé de primero. ¡No te queda na´! Los niños son así. Pero tengo algunos primos a los que es probable que se lo hicieran pasar incluso peor... imprudentes combinaciones de estirpes familiares :D

Julia, te lo he dicho alguna vez - “No hay mejor desprecio que no hacer aprecio”- . Pero creo que, con 5 años, esto todavía es abstracto para ella. Supongo que le queda un tiempo todavía de entrar al trapo, que le vamos a hacer.

Y su lógica, como la de cualquier niño de su edad, siempre es aplastante. El viernes se probaba un disfraz de ángel precioso que ha heredado de Jose y Tomás.

-“¡Qué bonito es Julia! ¡Con plumas de verdad y todo!”-

Yo, ya viéndome chapucear con la aguja o socorriéndonos la Avie Luisa que cose bien del todo –“Lo único que te queda un poco grande… pero eso tiene fácil arreglo”-

Y ella contesta rápido –“¡Claro Mamá! ¡Sólo tengo que crecer un poco!”-

¡Pues si! Mucho más fácil que ponerse una a coser.

Es verdad que con el segundo hijo suele ser más sencillo, lo entendemos los padres todo con más calma (aunque ya nazcan más terremotos) y se disfruta de otra manera (se aprende a ignorar más a los opinólogos, entre otras cosas).
Pero con Julia fue mi transformación a madre, los años que pasó como hija única forjaron unos nexos que yo creí languidecerían con el nacimiento de su hermana y desde luego no puedo negar que la historia cambia: que para el primogénito no podemos evitar que sea un trago (aunque termine demostrando que adora al bichito) y encima , esta vez, no puedo usar el truco de ponerme en el recuerdo de mi propia infancia para comprenderla, fui terremoto segundo, tuve la fortuna de nacer y crecer disponiendo, desde el principio, de un hermano y no ser jamás destronada por un tercero, ni tener que luchar por ser la princesa más linda de la casa. Fui, no hija única, pero si la niña pequeña única.

Sin duda, iré contando más de esta Reina de mi Reino que a ratos sigue sufriendo la llegada (hace 16 meses) de la Princesa Luisa Petisa que todavía es un poco incordiona, la verdad.
No te preocupes Julia, que tendrá que crecer y madurar, para llegar a ser esa hermana y compañera que tú imaginabas y que, por ahora, poco se parece a esta enana mocosa, babosota, gritona e imitamonos que tantas veces te crispa. ¡Mira este rato que lleváis con la casa de los fantasmas que te regalaron Paula y Marta! Es todo un avance ¿no crees? Ten paciencia mi Amor, una poquita más de la ya estás teniendo. Luisa también se lo merece. Confío en tí.

lunes, 26 de abril de 2010

En un lugar de La Moraña...

¡Al fin verde este paisaje! Ese en donde puedo, libre, estirar la mirada como quien desenrolla de un plumazo una larga alfombra de pasillo, hasta el inalcanzable horizonte que une tierra y cielo multicolor, en el que cada alborada cambia las rayas de su pijama el sol.

Esta es mi nueva Castilla la Vieja, porque yo nací también castellana cuando lo que hoy llamamos Comunidad Autónoma de Madrid pertenecía a la otra Castilla, la Nueva, la del Sur.

De todos modos, este paisaje fue un desconocido para mí hasta que el destino me depositó aquí. Me costó acostumbrarme, sobre todo me faltaban los árboles de la Cuenca Alta del Manzanares, enebros, encinas y madroños cercanos donde subirme, donde esconderme, de los que recoger sus frutos, que me dieran sombra, entre los que camuflábamos las cabañas secretas con mis amigas de la preadolescencia.

Me faltaban los roquedales, donde escalaban Coque y Nico ante mi atónita mirada; rocas de granito, con sus pintitas desde negrísimas a transparentes en toda la gama de grises, cubiertas de escurridizo musgo en invierno, tostado y crujiente en verano, por donde deambulaban aquellas enormes hormigas solitarias; grandes piedras para trepar hasta el Canto del Pico y desde allí divisar la Capital del Reino con su corona de cenizas planeando sobre sus altas torres.

Me faltaban también los matorrales, las pegajosas y olorosas jaras vestidas de manchado blanco, el tomillo y el cantueso con sus orejitas moradas, tantas cosas añoraba…

Al llegar, La Moraña sólo me ofreció llanuras, de tierras muy secas, en pleno mes de julio. No me planteé lo que para otras épocas del año me deparaba.

Pero ya soy muy capaz de apreciar y valorar lo que a diario observo. Aquí, en primavera, comienzan a florecer las malas yerbas que salpican de colores las lindes y cunetas; se comienzan a lucir las cigüeñas, con sus crotoreos, en lo alto de las ruinas de Castro Nuevo; comenzarán a estirar sus tallos los cereales para poderse mecer, con el inagotable viento que aquí sufrimos, en mansas olas envidiando a los lejanos mares, primero se verán verdes y silenciosas pero cuando se agosten al sol del verano comenzarán a susurrar confusos murmullos al son de sus roces. Quizás teman que lleguen, desde el Sur las cosechadoras, a convertirlas en regueros de paja seca mientras deshacen sus espigas en cada uno de sus granos, que se molerán en harina para hornear ricos panes y bizcochos o para alimentar al ganado que, por aquí, dispone de pocos prados.

La paja que allí quede será apresada en pacas, unas: rectángulos que un día alguien ordenará en un gran Tetris3D todas bien encajaditas, las otras: grandes ruedas desafiando la pendiente de algunos valles y suaves colinas.

Llegará el otoño y con las primeras lluvias, cuando el terreno ablande un poco, los imponentes tractores sembrarán las mejores semillas, las que se salvaron de la molienda… otro ciclo sin fin.

Me gusta este paisaje, cambiante. Necesito este horizonte, libre, abierto. Me inyecta energía. El hormigón urbano, definitivamente me la sisa. Me puede.

Mis senderos ahora son estos, a lo lejos lo único que se alza, allá hacia el Sur, es la Sierra de Gredos, si busco en otros puntos cardinales no hallo nada o lo encuentro todo: un cielo donde las nubes viven ordenadas desde las más grandes, en primer plano, hasta las más minúsculas allá lejanas, todas a al mismo nivel del suelo como apoyadas en un cristal que no les permitiese bajar más.

A veces me quejo de este clima continental tan extremo, pero no se estará tan mal por aquí, cuando aquí me quedo. Creo tener la fortuna de pasar cada día por desde donde, supongo, sacaron esa foto predeterminada que otros tantos sólo pueden disfrutar en la pantalla del escritorio de su ordenador.

lunes, 12 de abril de 2010

De la risa al llanto como de cero a cien en un cohete.

Tan sólo hace un par de horas me he sorprendido a mí misma, pasando de la risa al llanto en décimas de segundos. A veces me pasa.

Os lo voy a contar, a ver ¿Quién es capaz de comprenderme mejor? Sé quienes seréis: Vosotras, las mujeres, en especial las que habéis parido.

A veces, tengo por costumbre entretener a Julia hablándole de cuando estaba en mi tripa, del momento de su nacimiento, de cuando era bebé, se lo adorno de múltiples mentiras y ella se parte de risa, continuamente repite- “Sigue Mamá”-

Esta noche mientras se terminaba el postre de la cena (que para colmo era media naranja “en sello” como decimos nosotras) estábamos de de esta guisa:

Yo de pie interpretando la parodia:
-“Pues ya una tarde salimos pitando para el hospital, para saber que opinaban los médicos porque a mí me dolía mucho la barriga, y ellos dijeron que tú ya querías salir, así que se pusieron todos muy nerviosos, un médico a cada lado como los porteros de futbol, uno parecía Casillas y el otro el portero del Barça (que no me acuerdo como se llama)…¡Venga aprieta! ¡Cuidado no vaya a salir corriendo la mendruguina Julia por el pasillo! Que viene diciendo que quiere un bocadillo de jamón, la tía.”-

Y ella riendo con la boca bien llena de gajos de naranja (¡Qué miedo!): -“Más Mamá”-

Seguí: -“Pues Papá tenía una cara de susto…”-

-“¡Ah si, Mamá! Y ¿Por qué?”

Y el pobre Jordi, por seguir la broma… -“Mamá si que tenía cara de susto”

Me dejo caer en el taburete desplomada y balbuceo - “Eso sí que es verdad”

Y Jordi contesta todavía contento:-“¿Qué has dicho Alejandra?"

Y de repente brotan muchas lágrimas de mis ojos mientras intento repetir: -“Eso si que fue así”

Y Jordi se descoloca total, se acerca, se abraza a mis rodillas: -“¿Qué pasa Amor? ¿Qué he dicho? Si era broma…”

Y mi niña: -“Mamá ¿lloras?”-

Y de verdad que no he llorado porque sus palabras me hayan hecho daño, no. Simplemente me han hecho volar tiempo atrás y recordar, han sido la llave que él ha usado, sin saberlo, para reabrir la puerta que da a un abismo en el que yo me he dejado caer, un túnel que hemos terminado por recorrer muchas.

Y es que no ha podido decir verdad más grande: las caras de más susto en un parto hospitalario son las nuestras, las de las que parimos. Cuando precisamente deberían ser las más valerosas, las más fieras, las más orgullosas, las más felices, las más seguras, las más escuchadas y a la vez las más mimadas.

Todo esto, en ese mismo instante se lo he intentado explicar a Jordi pero seguro no lo ha entendido, creo que entre otras cosas ( además de por pensar que estoy, definitivamente, como una chota del campo) porque no ha sido capaz de sacudirse una culpabilidad que él ha considerado suya y por supuesto no lo es.

Mientras, en mi bucle, aparte de sentirme la más aguafiestas, seguía dando vueltas.
¿Cómo hemos llegado a esta situación? ¿Cuándo? No hace tanto lo normal era parir cada una en su casa, rodeada de caras familiares y amables que no dejaban de dar aliento. Pienso que las que ahora, en estos tiempos, lo consiguen quedan como iluminadas, resplandeciendo. Es el premio a su valentía, la que yo ya no tendré.

No quiero ni pensar, entonces, en los partos de la generación, tan cercana, de nuestras propias madres, que encima de estar en el hospital, alumbraban solas: solas antes, durante y después, con los bebés atendidos en el nido y los acompañantes mirándolos desde el cristal. ¡Y dale al biberón! Que estaba muy de moda lo de la liberación femenina y eran lo último y lo mejor aquellos polvos recién inventados que se querían parecer a la leche materna, sino incluso superarla.
¡Así estamos la Generación Peter Pan! A los treintaymuchos pidiendo a gritos que nos dejen ser los bebés que quizás nunca fuimos. ¿Por dónde andará nuestro Continuum? Anulado, estamos más perdidos que Carracuca.

Creo, ahora, con lo poquísimo que he ido aprendiendo (aún habiendo parido un par de veces) que me equivoqué, que me hicieron equivocar, que el cómo parir es tan importante como los nueve meses de embarazo, como la lactancia, como la crianza… y yo fui ciega, acojonada, pidiendo la anestesia que poco me anestesió y recibiendo la oxitocina a traición, sin preguntas ni explicación. Una pena.
Por eso he llorado esta noche, Jordi.
Por eso he llorado esta noche, Julia.
Luisa ni se enteró, el Coco a sus cocadas.
Cuando mejor nos lo estábamos pasando. Perdónad, chicos.

Y para mí este tema tiene carrete, porque me pone los pelos de punta pensar en los partos inducidos, cesáreas, instrumentos obstétricos, episiotomías salvajes... y demás atrocidades, sobre todo cuando hubieran resultado innecesarias...pero es tarde, debemos descansar, me voy a la cama, mañana seguimos charlando.

Pero sobre todo, esta vez no busquéis mi vena científica (que estoy muy a favor de la evolución médica y reconozco por ella muchas vidas salvadas), ni mi vena poética, me ha salido todo a destajo directamente del corazón. Todo un desahogo. Gracias simplemente por escuchar.

lunes, 22 de marzo de 2010

Irene

Tengo siempre un recuerdo para Irene, cuando veo niñas vistiendo de rosa, con lazos; no olvido cuando su madre afirmaba (conociendo que reniego de alguna que otra cursilería) que desde luego ella sí que la colmaría de cintas y lindos vestidos.

Esther disfrutaba tanto de Irene, Esther siente intensas sus emociones, Esther a apostado por el amor en su estado más puro, Esther tiene una sonrisa abierta, limpia, sincera, la de la gente que está segura de sí misma, la de los que han colocado en su justo lugar la escala de los valores importantes, la de los que van por la vida sin entender como se puede dañar a los demás, ni siquiera criticar.

Esther es una valiente como pocas he conocido (con una increíble fortaleza bajo esa apariencia tan delicada)... La eché mucho de menos en mi último año de carrera (se licenció antes...y eso que siempre me dice que soy tan lista).
Demasiado poco la llamo, con lo mucho que me acuerdo y quizás nunca le he dicho lo que la quiero. Porque los que me conocéis sabéis que soy algo recia en el trato y, seguro, que nunca le he expresado lo que la admiro. Muchas veces mi vergüenza se come, voraz, lo que tendría que fluir espontáneo.

Cuando hablo con Esther siempre queda pendiente el haberle preguntado por Irene, por su recuerdo.

Siempre me reservo el nombrarla por ese inexplicable miedo que tenemos a hacer mal, a reabrir heridas. ¡Qué absurdo!
Y me pregunto dónde están esos elementos que debieron haber formado parte de Irene, que tendrían que haberla hecho crecer y madurar, que tendrían que haber hecho que la siguiésemos viendo entre nosotros.
Yo misma me respondo, porque también soy madre.
Sé por donde deambulan esos átomos. Esas moléculas están rondando a quien la portó en sus entrañas y en sus brazos aquellos meses; entran y salen, cuando respira, de sus pulmones, viajan a cada rincón de su cuerpo impulsadas por su corazón y quedan enredadas en su amor, retenidas siempre en su pensamiento.
Conocí a ese ángel, nació del vientre de esta madre y demasiado pronto marchó, emprendiendo ese viaje hacia donde seguro siempre nos estará esperando.

Recuerdo con detalle la última vez que la vi (han pasado más de cuatro años), era un bebé, tenía 7 meses, la hacían dormir en una Unidad de Cuidados Intensivos y habían comunicado que, despierta, ya nunca más la volveríamos a ver. Pero... quién se podía convencer.
Su madre, con confianza, la destapó. Sólo tenía puesto un pañal -“¿A que está preciosa?”- me preguntó.
Y era verdad, dormida, no cabía duda de que era aquel ángel, vino a visitarnos para no quedarse y no lo pude comprender, me consumía, indomable, la rabia.
Su padre acariciaba su mano, tan diminuta, seguro imaginando que ella pudiera apretar sus dedos, abriera los ojos y le volviera a dedicar una sonrisa.

Irene no se tendría que haber ido entonces. Pero esa misma noche se fue, yo misma me despedí con un beso en su frente, con la esperanza abolida. Yo misma de regreso a casa, cuando Jorge conducía, le pedí a Alfonso que la acogiera en el cruce de sus caminos y que siempre cuidara de ella. Que era muy pequeña. Y así seguro ha sido.

Muchos más recuerdos se agolpan en mi cabeza y no quiero moverlos de allí:

La recuerdo en nuestra casa, con Julia, cuando con su madre (quedándose Borja a trabajar en Coruña) bajaba a Madrid y como le pillábamos de paso… cuando yo digo que es valiente no me faltan motivos.

Recuerdo a Irene con cinco meses, era la más pequeña de nuestros hijos allí reunidos. La Peque. Tan de rosa, que bonita.

Recuerdo el sufrimiento de Esther ante lo imposible de continuar su lactancia. Ella lo hubiera hecho muy bien.

Recuerdo a Irene en la barriga de su Mamá mientras su Papá les hacía fotos –“¡Jo, Esther! Cierra los ojos y cuando cuente tres los abres.. ¡Qué siempre sales parpadeando!”-

He pensado el si pedirles permiso para publicar este recuerdo dedicado a su hija. Porque todos queremos proteger siempre a nuestros pequeños de las indiscretas miradas ajenas. Pero no, finalmente no se lo he pedido, es algo importante para mí compartir este mundo interior donde habitáis conmigo los vivos y de donde nunca dejo marchar a mis muertos. Porque son los que me aportan la espiritualidad que necesito, ante la imposibilidad que tengo, por ahora, de creer en un Dios.

Y también, sin pedirles permiso, sé que son muchos los que hoy firman conmigo. Porque yo sé quienes somos algunos de los que nunca olvidaremos a Irene.