Para bien o para mal, por distintas circunstancias, en esta vida me ha tocado algún que otro peregrinar. Ello ha conllevado el tener que despedir, recibir, conocer gente... algunas de estas personas me han concedido el privilegio de considerarse mis amigos... y muchos, aún hoy, siguen siéndolo.
Gracias por estar ahí.

lunes, 26 de abril de 2010

En un lugar de La Moraña...

¡Al fin verde este paisaje! Ese en donde puedo, libre, estirar la mirada como quien desenrolla de un plumazo una larga alfombra de pasillo, hasta el inalcanzable horizonte que une tierra y cielo multicolor, en el que cada alborada cambia las rayas de su pijama el sol.

Esta es mi nueva Castilla la Vieja, porque yo nací también castellana cuando lo que hoy llamamos Comunidad Autónoma de Madrid pertenecía a la otra Castilla, la Nueva, la del Sur.

De todos modos, este paisaje fue un desconocido para mí hasta que el destino me depositó aquí. Me costó acostumbrarme, sobre todo me faltaban los árboles de la Cuenca Alta del Manzanares, enebros, encinas y madroños cercanos donde subirme, donde esconderme, de los que recoger sus frutos, que me dieran sombra, entre los que camuflábamos las cabañas secretas con mis amigas de la preadolescencia.

Me faltaban los roquedales, donde escalaban Coque y Nico ante mi atónita mirada; rocas de granito, con sus pintitas desde negrísimas a transparentes en toda la gama de grises, cubiertas de escurridizo musgo en invierno, tostado y crujiente en verano, por donde deambulaban aquellas enormes hormigas solitarias; grandes piedras para trepar hasta el Canto del Pico y desde allí divisar la Capital del Reino con su corona de cenizas planeando sobre sus altas torres.

Me faltaban también los matorrales, las pegajosas y olorosas jaras vestidas de manchado blanco, el tomillo y el cantueso con sus orejitas moradas, tantas cosas añoraba…

Al llegar, La Moraña sólo me ofreció llanuras, de tierras muy secas, en pleno mes de julio. No me planteé lo que para otras épocas del año me deparaba.

Pero ya soy muy capaz de apreciar y valorar lo que a diario observo. Aquí, en primavera, comienzan a florecer las malas yerbas que salpican de colores las lindes y cunetas; se comienzan a lucir las cigüeñas, con sus crotoreos, en lo alto de las ruinas de Castro Nuevo; comenzarán a estirar sus tallos los cereales para poderse mecer, con el inagotable viento que aquí sufrimos, en mansas olas envidiando a los lejanos mares, primero se verán verdes y silenciosas pero cuando se agosten al sol del verano comenzarán a susurrar confusos murmullos al son de sus roces. Quizás teman que lleguen, desde el Sur las cosechadoras, a convertirlas en regueros de paja seca mientras deshacen sus espigas en cada uno de sus granos, que se molerán en harina para hornear ricos panes y bizcochos o para alimentar al ganado que, por aquí, dispone de pocos prados.

La paja que allí quede será apresada en pacas, unas: rectángulos que un día alguien ordenará en un gran Tetris3D todas bien encajaditas, las otras: grandes ruedas desafiando la pendiente de algunos valles y suaves colinas.

Llegará el otoño y con las primeras lluvias, cuando el terreno ablande un poco, los imponentes tractores sembrarán las mejores semillas, las que se salvaron de la molienda… otro ciclo sin fin.

Me gusta este paisaje, cambiante. Necesito este horizonte, libre, abierto. Me inyecta energía. El hormigón urbano, definitivamente me la sisa. Me puede.

Mis senderos ahora son estos, a lo lejos lo único que se alza, allá hacia el Sur, es la Sierra de Gredos, si busco en otros puntos cardinales no hallo nada o lo encuentro todo: un cielo donde las nubes viven ordenadas desde las más grandes, en primer plano, hasta las más minúsculas allá lejanas, todas a al mismo nivel del suelo como apoyadas en un cristal que no les permitiese bajar más.

A veces me quejo de este clima continental tan extremo, pero no se estará tan mal por aquí, cuando aquí me quedo. Creo tener la fortuna de pasar cada día por desde donde, supongo, sacaron esa foto predeterminada que otros tantos sólo pueden disfrutar en la pantalla del escritorio de su ordenador.

lunes, 12 de abril de 2010

De la risa al llanto como de cero a cien en un cohete.

Tan sólo hace un par de horas me he sorprendido a mí misma, pasando de la risa al llanto en décimas de segundos. A veces me pasa.

Os lo voy a contar, a ver ¿Quién es capaz de comprenderme mejor? Sé quienes seréis: Vosotras, las mujeres, en especial las que habéis parido.

A veces, tengo por costumbre entretener a Julia hablándole de cuando estaba en mi tripa, del momento de su nacimiento, de cuando era bebé, se lo adorno de múltiples mentiras y ella se parte de risa, continuamente repite- “Sigue Mamá”-

Esta noche mientras se terminaba el postre de la cena (que para colmo era media naranja “en sello” como decimos nosotras) estábamos de de esta guisa:

Yo de pie interpretando la parodia:
-“Pues ya una tarde salimos pitando para el hospital, para saber que opinaban los médicos porque a mí me dolía mucho la barriga, y ellos dijeron que tú ya querías salir, así que se pusieron todos muy nerviosos, un médico a cada lado como los porteros de futbol, uno parecía Casillas y el otro el portero del Barça (que no me acuerdo como se llama)…¡Venga aprieta! ¡Cuidado no vaya a salir corriendo la mendruguina Julia por el pasillo! Que viene diciendo que quiere un bocadillo de jamón, la tía.”-

Y ella riendo con la boca bien llena de gajos de naranja (¡Qué miedo!): -“Más Mamá”-

Seguí: -“Pues Papá tenía una cara de susto…”-

-“¡Ah si, Mamá! Y ¿Por qué?”

Y el pobre Jordi, por seguir la broma… -“Mamá si que tenía cara de susto”

Me dejo caer en el taburete desplomada y balbuceo - “Eso sí que es verdad”

Y Jordi contesta todavía contento:-“¿Qué has dicho Alejandra?"

Y de repente brotan muchas lágrimas de mis ojos mientras intento repetir: -“Eso si que fue así”

Y Jordi se descoloca total, se acerca, se abraza a mis rodillas: -“¿Qué pasa Amor? ¿Qué he dicho? Si era broma…”

Y mi niña: -“Mamá ¿lloras?”-

Y de verdad que no he llorado porque sus palabras me hayan hecho daño, no. Simplemente me han hecho volar tiempo atrás y recordar, han sido la llave que él ha usado, sin saberlo, para reabrir la puerta que da a un abismo en el que yo me he dejado caer, un túnel que hemos terminado por recorrer muchas.

Y es que no ha podido decir verdad más grande: las caras de más susto en un parto hospitalario son las nuestras, las de las que parimos. Cuando precisamente deberían ser las más valerosas, las más fieras, las más orgullosas, las más felices, las más seguras, las más escuchadas y a la vez las más mimadas.

Todo esto, en ese mismo instante se lo he intentado explicar a Jordi pero seguro no lo ha entendido, creo que entre otras cosas ( además de por pensar que estoy, definitivamente, como una chota del campo) porque no ha sido capaz de sacudirse una culpabilidad que él ha considerado suya y por supuesto no lo es.

Mientras, en mi bucle, aparte de sentirme la más aguafiestas, seguía dando vueltas.
¿Cómo hemos llegado a esta situación? ¿Cuándo? No hace tanto lo normal era parir cada una en su casa, rodeada de caras familiares y amables que no dejaban de dar aliento. Pienso que las que ahora, en estos tiempos, lo consiguen quedan como iluminadas, resplandeciendo. Es el premio a su valentía, la que yo ya no tendré.

No quiero ni pensar, entonces, en los partos de la generación, tan cercana, de nuestras propias madres, que encima de estar en el hospital, alumbraban solas: solas antes, durante y después, con los bebés atendidos en el nido y los acompañantes mirándolos desde el cristal. ¡Y dale al biberón! Que estaba muy de moda lo de la liberación femenina y eran lo último y lo mejor aquellos polvos recién inventados que se querían parecer a la leche materna, sino incluso superarla.
¡Así estamos la Generación Peter Pan! A los treintaymuchos pidiendo a gritos que nos dejen ser los bebés que quizás nunca fuimos. ¿Por dónde andará nuestro Continuum? Anulado, estamos más perdidos que Carracuca.

Creo, ahora, con lo poquísimo que he ido aprendiendo (aún habiendo parido un par de veces) que me equivoqué, que me hicieron equivocar, que el cómo parir es tan importante como los nueve meses de embarazo, como la lactancia, como la crianza… y yo fui ciega, acojonada, pidiendo la anestesia que poco me anestesió y recibiendo la oxitocina a traición, sin preguntas ni explicación. Una pena.
Por eso he llorado esta noche, Jordi.
Por eso he llorado esta noche, Julia.
Luisa ni se enteró, el Coco a sus cocadas.
Cuando mejor nos lo estábamos pasando. Perdónad, chicos.

Y para mí este tema tiene carrete, porque me pone los pelos de punta pensar en los partos inducidos, cesáreas, instrumentos obstétricos, episiotomías salvajes... y demás atrocidades, sobre todo cuando hubieran resultado innecesarias...pero es tarde, debemos descansar, me voy a la cama, mañana seguimos charlando.

Pero sobre todo, esta vez no busquéis mi vena científica (que estoy muy a favor de la evolución médica y reconozco por ella muchas vidas salvadas), ni mi vena poética, me ha salido todo a destajo directamente del corazón. Todo un desahogo. Gracias simplemente por escuchar.

lunes, 22 de marzo de 2010

Irene

Tengo siempre un recuerdo para Irene, cuando veo niñas vistiendo de rosa, con lazos; no olvido cuando su madre afirmaba (conociendo que reniego de alguna que otra cursilería) que desde luego ella sí que la colmaría de cintas y lindos vestidos.

Esther disfrutaba tanto de Irene, Esther siente intensas sus emociones, Esther a apostado por el amor en su estado más puro, Esther tiene una sonrisa abierta, limpia, sincera, la de la gente que está segura de sí misma, la de los que han colocado en su justo lugar la escala de los valores importantes, la de los que van por la vida sin entender como se puede dañar a los demás, ni siquiera criticar.

Esther es una valiente como pocas he conocido (con una increíble fortaleza bajo esa apariencia tan delicada)... La eché mucho de menos en mi último año de carrera (se licenció antes...y eso que siempre me dice que soy tan lista).
Demasiado poco la llamo, con lo mucho que me acuerdo y quizás nunca le he dicho lo que la quiero. Porque los que me conocéis sabéis que soy algo recia en el trato y, seguro, que nunca le he expresado lo que la admiro. Muchas veces mi vergüenza se come, voraz, lo que tendría que fluir espontáneo.

Cuando hablo con Esther siempre queda pendiente el haberle preguntado por Irene, por su recuerdo.

Siempre me reservo el nombrarla por ese inexplicable miedo que tenemos a hacer mal, a reabrir heridas. ¡Qué absurdo!
Y me pregunto dónde están esos elementos que debieron haber formado parte de Irene, que tendrían que haberla hecho crecer y madurar, que tendrían que haber hecho que la siguiésemos viendo entre nosotros.
Yo misma me respondo, porque también soy madre.
Sé por donde deambulan esos átomos. Esas moléculas están rondando a quien la portó en sus entrañas y en sus brazos aquellos meses; entran y salen, cuando respira, de sus pulmones, viajan a cada rincón de su cuerpo impulsadas por su corazón y quedan enredadas en su amor, retenidas siempre en su pensamiento.
Conocí a ese ángel, nació del vientre de esta madre y demasiado pronto marchó, emprendiendo ese viaje hacia donde seguro siempre nos estará esperando.

Recuerdo con detalle la última vez que la vi (han pasado más de cuatro años), era un bebé, tenía 7 meses, la hacían dormir en una Unidad de Cuidados Intensivos y habían comunicado que, despierta, ya nunca más la volveríamos a ver. Pero... quién se podía convencer.
Su madre, con confianza, la destapó. Sólo tenía puesto un pañal -“¿A que está preciosa?”- me preguntó.
Y era verdad, dormida, no cabía duda de que era aquel ángel, vino a visitarnos para no quedarse y no lo pude comprender, me consumía, indomable, la rabia.
Su padre acariciaba su mano, tan diminuta, seguro imaginando que ella pudiera apretar sus dedos, abriera los ojos y le volviera a dedicar una sonrisa.

Irene no se tendría que haber ido entonces. Pero esa misma noche se fue, yo misma me despedí con un beso en su frente, con la esperanza abolida. Yo misma de regreso a casa, cuando Jorge conducía, le pedí a Alfonso que la acogiera en el cruce de sus caminos y que siempre cuidara de ella. Que era muy pequeña. Y así seguro ha sido.

Muchos más recuerdos se agolpan en mi cabeza y no quiero moverlos de allí:

La recuerdo en nuestra casa, con Julia, cuando con su madre (quedándose Borja a trabajar en Coruña) bajaba a Madrid y como le pillábamos de paso… cuando yo digo que es valiente no me faltan motivos.

Recuerdo a Irene con cinco meses, era la más pequeña de nuestros hijos allí reunidos. La Peque. Tan de rosa, que bonita.

Recuerdo el sufrimiento de Esther ante lo imposible de continuar su lactancia. Ella lo hubiera hecho muy bien.

Recuerdo a Irene en la barriga de su Mamá mientras su Papá les hacía fotos –“¡Jo, Esther! Cierra los ojos y cuando cuente tres los abres.. ¡Qué siempre sales parpadeando!”-

He pensado el si pedirles permiso para publicar este recuerdo dedicado a su hija. Porque todos queremos proteger siempre a nuestros pequeños de las indiscretas miradas ajenas. Pero no, finalmente no se lo he pedido, es algo importante para mí compartir este mundo interior donde habitáis conmigo los vivos y de donde nunca dejo marchar a mis muertos. Porque son los que me aportan la espiritualidad que necesito, ante la imposibilidad que tengo, por ahora, de creer en un Dios.

Y también, sin pedirles permiso, sé que son muchos los que hoy firman conmigo. Porque yo sé quienes somos algunos de los que nunca olvidaremos a Irene.

jueves, 11 de marzo de 2010

Alejandrada salamandrada

Hace un par de fines de semana hemos vuelto a Cilleros, hacía tanto que no íbamos por aquellas tierras, a esa disfrutable finca de unos amigos de mis padres... la última vez que allí viajamos venía la añorada Nube (le daba un mareo...).

Las edificaciones que había están algo modificadas, pero perfectamente reconocibles. De casi todo me acordaba; y tal cual, está la alberca, donde hace tantos años, con mi amiga (y colega) Cristina, descubrimos, al otro lado, donde no llegábamos, tomando el sol, tan apacible, una hermosa ranita. Pero pensamos que aquel batracio, en movimiento, nos haría más gracia. Así que Cristina cogió una pequeña piedra y con la inocente idea de asustarla para que saltara al agua, se la lanzó, con tan desgraciada puntería (que si es con intención no acierta) que le atizó en todo el coco. La rana, como por un calambrazo se despatarró todo lo larga y ancha que era y quedó panza arriba mostrando su blancuzco reverso, permaneció en la misma orilla en la que estaba, quiero decir, que no podíamos acceder a ella ni a intentar reanimarla. La cara de Cristina quedó desencajada… nosotras, que ni en la edad más gamberra fuimos capaces de dañar ni a una hormiga, que estábamos estudiando por lo que amamos a los animales. Lo cierto es que a este anfibio no le vimos solución ¡Jopeeee…Buen comienzo para nuestro paseo campestre! Pero poco a poco, el solcito fue calentando su blanca barriguilla y fue reviviendo ¡Menos mal! Estos seres tan simples tienen esta suerte: cierta capacidad de regenerar ciertos desarreglos que otros seres más complejos tenemos más difícil. Salió del shock… y pudimos seguir el camino más contentos. ¡Ay… Cristina! ¡Qué también recuerdo cristinadas! :D

En otra ocasión, de aquel lugar en Cáceres, de un día lluvioso, Teresa me trajo hasta Torrelodones, metida en un frasco, tapada con algo de musgo y tierra mojada, una salamandra; la primera, la única, la última que he podido tener en mis manos. Era negra con unos círculos rojos de interior amarillo (o viceversa) y así, húmeda, lucía su piel muy brillante, pero no tanto como sus ojos, saltones, perfectamente pulidos en negrísimo azabache. Me pareció curiosa, preciosa, misteriosa, sorprendente …cuando me atreví, finalmente, a observarla fuera del cristal y limpia del barro… porque… claro, yo no sabía nada del carácter de aquel silvestre animal, entonces...temiéndome que saltaría como un muelle, que se pondría a trepar, vigorosa, como un gekko, por las paredes y propinaría temibles mordiscos como una tortuga caimán... cerré la puerta de baño, volqué lentamente el tarro con aquel bicho dentro… esperando lo peor… fue cuando… ella salió parsimoniosa (más bien como un camaleón) , midiendo prudente cada uno de sus delicados movimientos, mirándome muy extrañada pero sin asustarse ni lo más mínimo… aun así, yo todavía no me fiaba… había oído de sus poderosas glándulas venenosas a ambos lados de su cabeza y ni se me ocurría tocarla , intenté, sin éxito, que comiera…

Al día siguiente la metí, con su correspondiente decorado verde, en un tupper y bajé a la Facul, al Departamento de Biología fui a parar y allí uno de los profesores la sacó y la manoseó tan campante... el horrible veneno resulta que es viscoso (que se hubiera visto , vaya) y sólo lo emiten ante cabreos monumentales (que, afortunadamente, no llegó a ser el caso).

Me dijeron, por otro lado, en la consulta de “Exóticos”, que la debía devolver a de donde vino, que adulta ya no se adaptaría a la cautividad, que eran animales protegidos, que en cada zona había distintas subespecies que no se debían mezclar…uff.

Pero no teníamos ni carné de conducir (precisamente estaba en ello) y mi responsabilidad no se había terminado de desarrollar por aquel entonces, así que nos fuimos, en la moto de Jordi, con nuestra Salamandra en su caja, a liberarla a una presa cercana. Pensamos que era lo mejor que podíamos hacer.
La pobre, en cuanto vio su camino entre los juncos no tuvo dudas, comenzó su lento pero inconcuso andar, tenía muy claro hacia donde iba, aún tan lejos de su hogar, aquello, parecía que le resultara familiar. Pero no pude evitar retenerla un par de veces, en mis manos, como si fuera un tesoro, lágrimas en mis ojos…

-“¿Estará segura? ¿Se adaptará? ¿Comerá? ¿Habrá más como ella?”- Que angustia.

Y Jordi me tranquilizaba –“Pues claro, déjala marchar. Estará mejor aquí”-

Y yo –“Yo te cuidaría, Salamandra”-

-“¡Vamos no seas pesada! Llegarás tarde al auto-escuela”-

-“Sí, vamos… Chao Salamandra”-

Me costó un llorar y aguantar algunas risas de Manolo (-"Ay... esta Lenteja"- me diría) cuando se lo conté, pero a él también le hubiera resultado un trance difícil, lo sé.

El caso es que aquel ser pasó por mi vida como un fogonazo, sin avisar, fugaz (no me dio tiempo ni a ponerle un nombre para recordar, ni nos preocupamos de la foto) dejando impactada esa imagen, deslumbrante, que queda palpitando en la retina y a cada pulso, cambia de color en la oscuridad de cuando cierro los ojos.

Nunca jamás he vuelto a tener otra (ni quiero, ni puedo), pero la salamandra es, desde entonces, mi animal, mi talismán. La silueta que me tatuaría, si por ahí me diera algún día y cuando me preguntarán el por qué del motivo, lo relatado sería su historia.

Para mí, además, todo esto tiene moraleja: Respetemos la naturaleza, dejemos en paz a los seres protegidos (y a los no protegidos también), no les cambiemos de lugar, disfrutemos de ellos en su entorno y pasemos ese testigo a nuestros hijos para que ellos también aprendan a observar, respetando, con la mínima interferencia. Puede que, sin querer darnos cuenta, nos vaya su futuro en ello.

P.D. Las tortugas han compartido más largo tiempo en mi vida, pero esto ya os lo cuento otro día.

martes, 2 de marzo de 2010

Insisto: ¡Qué afortunadas las mamás recientes!

¡Caray, cómo avanzamos, cómo se esfuma el tiempo que ya no volverá!

La Enana está resultando ser alarmantemente independiente, aún en contra de mis intentos por conservarla todavía bajo mi cobijo, a mi vera, a mi calor, a mi teta.

Ya desde los siete meses gateaba que ¡Échale un galgo!, con once meses se puso a caminar, casi con el garbo de una modelo por la pasarela ¡Hala! (hasta se pasó por alto los días esos, de ir deslomando a cualquiera que la cogiera de su manita) y ahora recién cumplidos los catorce (tras el calvario de su adaptación) casi se quiere quedar a vivir el la guardería, ya se echa allí la siesta tan campante, en la hamaca, tan solita; desde la semana pasada, ya me comentaron allí que después de comer, la pobre, se quería quedar dormida y que pasaba el único mal rato del día "esperándome" y a todo esto yo volando, para llegar a tiempo y dormirla al pecho...esto de empezar a ser prescindible me toca un poco las narices. Melancolía.

Y por si me quedaba resquicio de esperanza...no queriendo yo asumir su despegue maternal, desde hace unos días (seguimos acostándonos las dos a la vez para que ella se duerma, aunque me "relevante" para cenar, poner lavadoras, preparar mochilas... y esas cosas) ya la mitad de las noches parece "explicarme":

- "Si, si, un poco de teta puede ser... pero luego, Mamá, te voy a dar la espalda y me duermo solita... y no me vayas a molestar más con eso de qué si quiero más teta, que al final me lo tomo a guasa y como te descuides, encima, voy y te muerdo ¡Qué menudos cuatro paletos luzco ya! Y ahora estoy aquí tan a gustito... pero...esa teta que veo allí, más arriba... ¿a ver si llego? Pues sí,y además apoyo aquí en tu costillar mi oreja y oigo mucho mejor tu corazón, me gusta tu canción Mamá. ¡Ah, Mamá! ¿Pero has visto como me sé bajar de la cama... mira, mira ¡Qué te lo voy a enseñar! ¿Ves? Voy así, como una lagartija, pero marcha atrás, hasta que apoyo los pies en el suelo...¡Listo!"-

-"Luiiiisa..."- Hoy le ha tocado hasta llorar, por no desistir en el empeño de mantenerla en "su sitio", por no dejarla marchar. Y a mí me tocó "ñasca".

-"No llores mi amor, si no muerdes más a Mamá, me dejo otro rato a tu lado"-

Paso mi brazo bajo su cabeza; nos achuchamos; toma, apacible, la teta.

-"Ahora si que no puedo más...Se me cierran los ojitos...Buenas noches Mamá"-

-"Pero...¡Qué bonita eres! ¡No te puedo dejar de mirar!"-

Y muchas noches me duermo... con las lentillas puestas, sin arroparnos (bueno, es que arroparla es misión imposible, que os voy a contar que no sepáis).

Y temo que como me despiste un poco, cuando me deje frita, se baja de la cama y con algo de suerte pone la lavadora y se prepara la mochila para que al día siguiente no le falte nada en el "cole". Como diría Ana: ¡Menudo es el Coco!

viernes, 26 de febrero de 2010

No nos olvidemos de volar

¿Dónde narices las habré metido? Tenía por aquí unas alas, me pondré a buscar, seguro que ordenando un poco aparecen.

Cuando era más niña ...

Si viajaba en coche, iba siempre (cuando no dormía) mirando por la ventana y a veces me imaginaba que cabalgaba a lomos de un veloz corcel (taca-tá, taca-tá, taca-tá...) por los campos, por los bosques, por los caminos paralelos a la asfaltada carretera que nos llevaba. Si había parcelas, mi caballo sorteaba elegante los muros (a cámara lenta, como en los dibujos animados japoneses) brincaba que parecía volar ¡Arrrriba!; si había charcos, campos inundados, en ellos nos entreteníamos y chapoteábamos; entre los árboles, zigzagueaba esquivándolos con gran destreza; si encontrábamos rebaños, las ovejas corrían despavoridas balando y haciendo tintinear sus cascabeles... y cuando parábamos, tiraba de las riendas y frenaba ¡Soooo! ¡Guapo caballo!

Volaba con ellas, cuando jugábamos allá en "La Riasca", cubierta mi ropa de "agarramoños", era la super-heroína "Mujer-Erizo" ¡Tachan! y luego por las noches flipaba con las luciérnagas (nunca más he vuelto a ver alguna), qué cosa tan bonita.

Me llevaban a seguir aquellas delicadas huellas, por las dunas de arena, de la ahora lejana, playa en Villa Gesell, hasta que localizaba al agotado escarabajo que iba dejando aquel, casi invisible, rastro ¡Te pillé!

Regresaba a casa, con mi mamita. Cuando deseaba, en el cole, que no hubiera ni recreo, para poder salir antes y dejar de estar allí, encerrada. Con Vero, cruzábamos la tapia de piedra del patio, simplemente para poder otear el horizonte, sin barreras, subidas en aquella musgosa roca.Ahora que no me escucha Julia -¡Qué lata el cole!-

Me permitían disfrutar con esas tontas tonterías que hemos probado todos... como Amélie durante la presentación de su película, cuando salen las letras con los "protas" y los directores y eso ¿La habéis visto?

Crecíamos...

Volaba alrededor de mí misma, y desde allí arriba me veía bonita... cuando no me daba por sacar la losa que, a menudo, ahora me planto encima de la cabeza y sé llevar en asombroso equilibrio, eh!

Volaba para bajar cada día a la Facultad a estar con “los míos” en interminables jornadas de clases, prácticas y biblioteca que convertíamos en muchas risas para cargar nuestras pilas. Cuando de los domingos desaparecieron aquellas tardes de hastío (sólo escuchar la música de Willy Fog… y pensar –“mañana al cole”- me quedaba como un plátano)

Recuerdo cálidas tardes con Mabel, cuando me leía sus versos, melancólicos, emotivos, que ella escribió con su tinta de oro, la que nunca se borra, la que quedó para siempre en su recuerdo y en el nuestro.


Hoy todavía…

Canturreo letras del “Último de la fila” (“cuando las piedras se puedan comer, y ya nadie sea más que nadie…”) que me enseñó a escuchar Paco cuando bajábamos, en su coche, a mis primeras incursiones por la Noche de Sevilla, que no puede se más mágica.

Aprendí, con ellas, a reparar esa tela de araña, de hilo dorado, que tengo tejida uniéndonos a todos los que conocimos a quienes se marcharon, nos dejaron, sin despedida y con este tejido los arropo para no dejarlos nunca caer, para poder, tirando de algunos hilos, traerlos junto a mí, cerca de quienes para siempre los amamos.


Vuelo cuando, embelesada, observo a las princesas que habitan en mi Reino, cuando juegan, cuando se emocionan, cuando ríen... ¡Cuántas veces me acordé de quien me decía -"Cuando nazca el bebé, cuando el bebé duerma, aprovechad vosotras para dormir también y así descansar, no os quedéis mirándole"- y yo pensaba, allá en un recoveco –“Pero...¿Qué dice esta loca? ¿Yo? ¿Quedarme mirando a un bebé dormir?"- No podía imaginarme, por aquel entonces, nada más aburrido. ¡Ay! ¡Cuántas veces me sorprendí como una boba! Y cuando ya el sueño a mí me vencía... Julia daba por finalizada su ligera siesta y me arrepentía de no haber seguido aquel, tan sabio, consejo. La que sabe, sabe. Y este caso, el ser matrona (como ser veterano) es un grado.

Sacudo las nubes, que vienen solitarias, para que dejen caer los besos que en ellas cuelga, amorosa, mi “tía” Mónica y los traen hasta España desde tan lejos, con los Buenos Aires. Y las soplo de nuevo para que regresen a su destino y allí lluevan también mis abrazos ¿Os llegan?

Subo a la Luna llena, y es que allí quedo con una amiga, para ver si sacamos el ratillo y me enseña alguna pose Yoga, de esas que ella consigue en delicada armonía con sus dulces pensamientos. Txita, cualquier día de estos me paso por tu escuela y si alguien se atreve a venir conmigo… www.yogalasmatas.com

Alguna vez planeo sobre lo erótico, recogiendo caricias para quien siempre bien se las merece, para que luego me venza el sueño mientras se me escurran entre los dedos, como arena seca. Caigo frita ¡Jo!

Me imagino bailando, tan elástica yo (que ni los de Fama... de la tele) cuando en mis trayectos diarios en coche, escucho las canciones bailables de Cadena Cien.

Vuelo hoy, a ver soplar sus dos velas a Alejandro, y a compartir su tarta que, necesariamente, sus papás le compraron tan especial y cuento los días que me faltan para poderle achuchar... que ya se me está haciendo largo, nos robaron esta Navidad.

Y aunque seguro estarán gastadas, roñosas, piojosas y remendadas... no pienso deshacerme de estas viejas alas, porque me han servido para los vuelos que os relato y para muchísimos más, porque no encajo la posibilidad de dejar de volar. Seguro que de "viejita" me harán cada vez más falta, las guardaré mejor no sea que, definitivamente, se me vayan a perder. Y entonces me tocará llorar.

domingo, 14 de febrero de 2010

Es (con aspiración de esta /s/ ) que...

Y "ej que" no puedo dejar de ser de Madrid.
Quiero aprovechar para pedir que se me disculpe el empleo de mi laísmo, leísmo, loísmo... y demás "madrileñadas" y faltas ortográficas que me cuesta tanto dejar atrás... en cuanto tenga un rato lo repaso y me lo intento corregir... si alguien tiene algún truco sencillo, me lo haga saber, por favor ;-)
Ya en Sevilla, en el cole, me llamaban "Dilaqueno", porque a una amiga le dije en un recreo - Pues a tu madre "dila" que no...- y estos andaluces para sacar punta no pierden un segundo... ya sabéis :)